Don Quijote de la Mancha (Miguel de Cervantes Saavedra) Libros Clásicos

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él, sino al que había sido causa de habelle puesto en aquel término. Y,
como sabía que le escuchaba su amigo Anselmo, decía cosas que el que le
oyera le tuviera mucha más lástima que a Camila, aunque por muerta la
juzgara.
»Leonela la tomó en brazos y la puso en el lecho, suplicando a Lotario
fuese a buscar quien secretamente a Camila curase; pedíale asimismo consejo
y parecer de lo que dirían a Anselmo de aquella herida de su señora, si
acaso viniese antes que estuviese sana. Él respondió que dijesen lo que
quisiesen, que él no estaba para dar consejo que de provecho fuese; sólo le
dijo que procurase tomarle la sangre, porque él se iba adonde gentes no le
viesen. Y, con muestras de mucho dolor y sentimiento, se salió de casa; y,
cuando se vio solo y en parte donde nadie le veía, no cesaba de hacerse
cruces, maravillándose de la industria de Camila y de los ademanes tan
proprios de Leonela. Consideraba cuán enterado había de quedar Anselmo de
que tenía por mujer a una segunda Porcia, y deseaba verse con él para
celebrar los dos la mentira y la verdad más disimulada que jamás pudiera
imaginarse.
»Leonela tomó, como se ha dicho, la sangre a su señora, que no era más de
aquello que bastó para acreditar su embuste; y, lavando con un poco de vino
la herida, se la ató lo mejor que supo, diciendo tales razones, en tanto
que la curaba, que, aunque no hubieran precedido otras, bastaran a hacer
creer a Anselmo que tenía en Camila un simulacro de la honestidad.
»Juntáronse a las palabras de Leonela otras de Camila, llamándose cobarde y
de poco ánimo, pues le había faltado al tiempo que fuera más necesario
tenerle, para quitarse la vida, que tan aborrecida tenía. Pedía consejo a
su doncella si daría, o no, todo aquel suceso a su querido esposo; la cual
le dijo que no se lo dijese, porque le pondría en obligación de vengarse de
Lotario, lo cual no podría ser sin mucho riesgo suyo, y que la buena mujer
estaba obligada a no dar ocasión a su marido a que riñese, sino a quitalle
todas aquellas que le fuese posible.
»Respondió Camila que le parecía muy bien su parecer y que ella le
seguiría; pero que en todo caso convenía buscar qué decir a Anselmo de la
causa de aquella herida, que él no podría dejar de ver; a lo que Leonela
respondía que ella, ni aun burlando, no sabía mentir.
»-Pues yo, hermana -replicó Camila-, ¿qué tengo de saber, que no me
atreveré a forjar ni sustentar una mentira, si me fuese en ello la vida? Y

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