Don Quijote de la Mancha (Miguel de Cervantes Saavedra) Libros Clásicos

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estuviera peleando con algún gigante. Y es lo bueno que no tenía los ojos
abiertos, porque estaba durmiendo y soñando que estaba en batalla con el
gigante; que fue tan intensa la imaginación de la aventura que iba a
fenecer, que le hizo soñar que ya había llegado al reino de Micomicón, y
que ya estaba en la pelea con su enemigo. Y había dado tantas cuchilladas
en los cueros, creyendo que las daba en el gigante, que todo el aposento
estaba lleno de vino; lo cual visto por el ventero, tomó tanto enojo que
arremetió con don Quijote, y a puño cerrado le comenzó a dar tantos golpes
que si Cardenio y el cura no se le quitaran, él acabara la guerra del
gigante; y, con todo aquello, no despertaba el pobre caballero, hasta que
el barbero trujo un gran caldero de agua fría del pozo y se le echó por
todo el cuerpo de golpe, con lo cual despertó don Quijote; mas no con tanto
acuerdo que echase de ver de la manera que estaba.
Dorotea, que vio cuán corta y sotilmente estaba vestido, no quiso entrar a
ver la batalla de su ayudador y de su contrario.
Andaba Sancho buscando la cabeza del gigante por todo el suelo, y, como no
la hallaba, dijo:
-Ya yo sé que todo lo desta casa es encantamento; que la otra vez, en este
mesmo lugar donde ahora me hallo, me dieron muchos mojicones y porrazos,
sin saber quién me los daba, y nunca pude ver a nadie; y ahora no parece
por aquí esta cabeza que vi cortar por mis mismísimos ojos, y la sangre
corría del cuerpo como de una fuente.
-¿Qué sangre ni qué fuente dices, enemigo de Dios y de sus santos? -dijo el
ventero-. ¿No vees, ladrón, que la sangre y la fuente no es otra cosa que
estos cueros que aquí están horadados y el vino tinto que nada en este
aposento, que nadando vea yo el alma en los infiernos de quien los horadó?
-No sé nada -respondió Sancho-; sólo sé que vendré a ser tan desdichado
que, por no hallar esta cabeza, se me ha de deshacer mi condado como la sal
en el agua.
Y estaba peor Sancho despierto que su amo durmiendo: tal le tenían las
promesas que su amo le había hecho. El ventero se desesperaba de ver la
flema del escudero y el maleficio del señor, y juraba que no había de ser
como la vez pasada, que se le fueron sin pagar; y que ahora no le habían de
valer los previlegios de su caballería para dejar de pagar lo uno y lo
otro, aun hasta lo que pudiesen costar las botanas que se habían de echar a

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