Don Quijote de la Mancha (Miguel de Cervantes Saavedra) Libros Clásicos

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los rotos cueros.
Tenía el cura de las manos a don Quijote, el cual, creyendo que ya había
acabado la aventura, y que se hallaba delante de la princesa Micomicona, se
hincó de rodillas delante del cura, diciendo:
-Bien puede la vuestra grandeza, alta y famosa señora, vivir, de hoy más,
segura que le pueda hacer mal esta mal nacida criatura; y yo también, de
hoy más, soy quito de la palabra que os di, pues, con el ayuda del alto
Dios y con el favor de aquella por quien yo vivo y respiro, tan bien la he
cumplido.
-¿No lo dije yo? -dijo oyendo esto Sancho-. Sí que no estaba yo borracho:
¡mirad si tiene puesto ya en sal mi amo al gigante! ¡Ciertos son los toros:
mi condado está de molde!
¿Quién no había de reír con los disparates de los dos, amo y mozo? Todos
reían sino el ventero, que se daba a Satanás. Pero, en fin, tanto hicieron
el barbero, Cardenio y el cura que, con no poco trabajo, dieron con don
Quijote en la cama, el cual se quedó dormido, con muestras de grandísimo
cansancio. Dejáronle dormir, y saliéronse al portal de la venta a consolar
a Sancho Panza de no haber hallado la cabeza del gigante; aunque más
tuvieron que hacer en aplacar al ventero, que estaba desesperado por la
repentina muerte de sus cueros. Y la ventera decía en voz y en grito:
-En mal punto y en hora menguada entró en mi casa este caballero andante,
que nunca mis ojos le hubieran visto, que tan caro me cuesta. La vez pasada
se fue con el costo de una noche, de cena, cama, paja y cebada, para él y
para su escudero, y un rocín y un jumento, diciendo que era caballero
aventurero (que mala ventura le dé Dios a él y a cuantos aventureros hay en
el mundo) y que por esto no estaba obligado a pagar nada, que así estaba
escrito en los aranceles de la caballería andantesca. Y ahora, por su
respeto, vino estotro señor y me llevó mi cola, y hámela vuelto con más de
dos cuartillos de daño, toda pelada, que no puede servir para lo que la
quiere mi marido. Y, por fin y remate de todo, romperme mis cueros y
derramarme mi vino; que derramada le vea yo su sangre. ¡Pues no se piense;
que, por los huesos de mi padre y por el siglo de mi madre, si no me lo han
de pagar un cuarto sobre otro, o no me llamaría yo como me llamo ni sería
hija de quien soy!
Estas y otras razones tales decía la ventera con grande enojo, y ayudábala

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