Don Quijote de la Mancha (Miguel de Cervantes Saavedra) Libros Clásicos

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habían quitado los antifaces, ni hablado palabra alguna; sólo que, al
sentarse la mujer en la silla, dio un profundo suspiro y dejó caer los
brazos, como persona enferma y desmayada. Los mozos de a pie llevaron los
caballos a la caballeriza.

Viendo esto el cura, deseoso de saber qué gente era aquella que con tal
traje y tal silencio estaba, se fue donde estaban los mozos, y a uno dellos
le preguntó lo que ya deseaba; el cual le respondió:

-Pardiez, señor, yo no sabré deciros qué gente sea ésta; sólo sé que
muestra ser muy principal, especialmente aquel que llegó a tomar en sus
brazos a aquella señora que habéis visto; y esto dígolo porque todos los
demás le tienen respeto, y no se hace otra cosa más de la que él ordena y
manda.

-Y la señora, ¿quién es? -preguntó el cura.

-Tampoco sabré decir eso -respondió el mozo-, porque en todo el camino no
la he visto el rostro; suspirar sí la he oído muchas veces, y dar unos
gemidos que parece que con cada uno dellos quiere dar el alma. Y no es de
maravillar que no sepamos más de lo que habemos dicho, porque mi compañero
y yo no ha más de dos días que los acompañamos; porque, habiéndolos
encontrado en el camino, nos rogaron y persuadieron que viniésemos con
ellos hasta el Andalucía, ofreciéndose a pagárnoslo muy bien.

-¿Y habéis oído nombrar a alguno dellos? -preguntó el cura.

-No, por cierto -respondió el mozo-, porque todos caminan con tanto
silencio que es maravilla, porque no se oye entre ellos otra cosa que los
suspiros y sollozos de la pobre señora, que nos mueven a lástima; y sin
duda tenemos creído que ella va forzada dondequiera que va, y, según se
puede colegir por su hábito, ella es monja, o va a serlo, que es lo más
cierto, y quizá porque no le debe de nacer de voluntad el monjío, va
triste, como parece.

-Todo podría ser -dijo el cura.

Y, dejándolos, se volvió adonde estaba Dorotea, la cual, como había oído
suspirar a la embozada, movida de natural compasión, se llegó a ella y le
dijo:

-¿Qué mal sentís, señora mía? Mirad si es alguno de quien las mujeres
suelen tener uso y experiencia de curarle, que de mi parte os ofrezco una
buena voluntad de serviros.

A todo esto callaba la lastimada señora; y, aunque Dorotea tornó con
mayores ofrecimientos, todavía se estaba en su silencio, hasta que llegó el
caballero embozado que dijo el mozo que los demás obedecían, y dijo a
Dorotea:

-No os canséis, señora, en ofrecer nada a esa mujer, porque tiene por

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