Don Quijote de la Mancha (Miguel de Cervantes Saavedra) Libros Clásicos

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costumbre de no agradecer cosa que por ella se hace, ni procuréis que os
responda, si no queréis oír alguna mentira de su boca.

-Jamás la dije -dijo a esta sazón la que hasta allí había estado callando-;
antes, por ser tan verdadera y tan sin trazas mentirosas, me veo ahora en
tanta desventura; y desto vos mesmo quiero que seáis el testigo, pues mi
pura verdad os hace a vos ser falso y mentiroso.

Oyó estas razones Cardenio bien clara y distintamente, como quien estaba
tan junto de quien las decía que sola la puerta del aposento de don Quijote
estaba en medio; y, así como las oyó, dando una gran voz dijo:

-¡Válgame Dios! ¿Qué es esto que oigo? ¿Qué voz es esta que ha llegado a
mis oídos?

Volvió la cabeza a estos gritos aquella señora, toda sobresaltada, y, no
viendo quién las daba, se levantó en pie y fuese a entrar en el aposento;
lo cual visto por el caballero, la detuvo, sin dejarla mover un paso. A
ella, con la turbación y desasosiego, se le cayó el tafetán con que traía
cubierto el rostro, y descubrió una hermosura incomparable y un rostro
milagroso, aunque descolorido y asombrado, porque con los ojos andaba
rodeando todos los lugares donde alcanzaba con la vista, con tanto ahínco,
que parecía persona fuera de juicio; cuyas señales, sin saber por qué las
hacía, pusieron gran lástima en Dorotea y en cuantos la miraban. Teníala el
caballero fuertemente asida por las espaldas, y, por estar tan ocupado en
tenerla, no pudo acudir a alzarse el embozo, que se le caía, como, en
efeto, se le cayó del todo; y, alzando los ojos Dorotea, que abrazada con
la señora estaba, vio que el que abrazada ansimesmo la tenía era su esposo
don Fernando; y, apenas le hubo conocido, cuando, arrojando de lo íntimo de
sus entrañas un luengo y tristísimo ´´¡ay!´´, se dejó caer de espaldas
desmayada; y, a no hallarse allí junto el barbero, que la recogió en los
brazos, ella diera consigo en el suelo.

Acudió luego el cura a quitarle el embozo, para echarle agua en el rostro,
y así como la descubrió la conoció don Fernando, que era el que estaba
abrazado con la otra, y quedó como muerto en verla; pero no porque dejase,
con todo esto, de tener a Luscinda, que era la que procuraba soltarse de
sus brazos; la cual había conocido en el suspiro a Cardenio, y él la había
conocido a ella. Oyó asimesmo Cardenio el ¡ay! que dio Dorotea cuando se
cayó desmayada, y, creyendo que era su Luscinda, salió del aposento
despavorido, y lo primero que vio fue a don Fernando, que tenía abrazada a

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