Don Quijote de la Mancha (Miguel de Cervantes Saavedra) Libros Clásicos

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Luscinda. También don Fernando conoció luego a Cardenio; y todos tres,
Luscinda, Cardenio y Dorotea, quedaron mudos y suspensos, casi sin saber lo
que les había acontecido.

Callaban todos y mirábanse todos: Dorotea a don Fernando, don Fernando a
Cardenio, Cardenio a Luscinda y Luscinda a Cardenio. Mas quien primero
rompió el silencio fue Luscinda, hablando a don Fernando desta manera:

-Dejadme, señor don Fernando, por lo que debéis a ser quien sois, ya que
por otro respeto no lo hagáis; dejadme llegar al muro de quien yo soy
yedra, al arrimo de quien no me han podido apartar vuestras
importunaciones, vuestras amenazas, vuestras promesas ni vuestras dádivas.
Notad cómo el cielo, por desusados y a nosotros encubiertos caminos, me ha
puesto a mi verdadero esposo delante. Y bien sabéis por mil costosas
experiencias que sola la muerte fuera bastante para borrarle de mi memoria.
Sean, pues, parte tan claros desengaños para que volváis, ya que no podáis
hacer otra cosa, el amor en rabia, la voluntad en despecho, y acabadme con
él la vida; que, como yo la rinda delante de mi buen esposo, la daré por
bien empleada: quizá con mi muerte quedará satisfecho de la fe que le
mantuve hasta el último trance de la vida.

Había en este entretanto vuelto Dorotea en sí, y había estado escuchando
todas las razones que Luscinda dijo, por las cuales vino en conocimiento de
quién ella era; que, viendo que don Fernando aún no la dejaba de los
brazos, ni respondía a sus razones, esforzándose lo más que pudo, se
levantó y se fue a hincar de rodillas a sus pies; y, derramando mucha
cantidad de hermosas y lastimeras lágrimas, así le comenzó a decir:

-Si ya no es, señor mío, que los rayos deste sol que en tus brazos
eclipsado tienes te quitan y ofuscan los de tus ojos, ya habrás echado de
ver que la que a tus pies está arrodillada es la sin ventura, hasta que tú
quieras, y la desdichada Dorotea. Yo soy aquella labradora humilde a quien
tú, por tu bondad o por tu gusto, quisiste levantar a la alteza de poder
llamarse tuya. Soy la que, encerrada en los límites de la honestidad, vivió
vida contenta hasta que, a las voces de tus importunidades, y, al parecer,
justos y amorosos sentimientos, abrió las puertas de su recato y te entregó
las llaves de su libertad: dádiva de ti tan mal agradecida, cual lo muestra
bien claro haber sido forzoso hallarme en el lugar donde me hallas, y verte
yo a ti de la manera que te veo. Pero, con todo esto, no querría que cayese
en tu imaginación pensar que he venido aquí con pasos de mi deshonra,

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