Don Quijote de la Mancha (Miguel de Cervantes Saavedra) Libros Clásicos

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habiéndome traído sólo los del dolor y sentimiento de verme de ti olvidada.
Tú quisiste que yo fuese tuya, y quisístelo de manera que, aunque ahora
quieras que no lo sea, no será posible que tú dejes de ser mío. Mira, señor
mío, que puede ser recompensa a la hermosura y nobleza por quien me dejas
la incomparable voluntad que te tengo. Tú no puedes ser de la hermosa
Luscinda, porque eres mío, ni ella puede ser tuya, porque es de Cardenio; y
más fácil te será, si en ello miras, reducir tu voluntad a querer a quien
te adora, que no encaminar la que te aborrece a que bien te quiera. Tú
solicitaste mi descuido, tú rogaste a mi entereza, tú no ignoraste mi
calidad, tú sabes bien de la manera que me entregué a toda tu voluntad: no
te queda lugar ni acogida de llamarte a engaño. Y si esto es así, como lo
es, y tú eres tan cristiano como caballero, ¿por qué por tantos rodeos
dilatas de hacerme venturosa en los fines, como me heciste en los
principios? Y si no me quieres por la que soy, que soy tu verdadera y
legítima esposa, quiéreme, a lo menos, y admíteme por tu esclava; que, como
yo esté en tu poder, me tendré por dichosa y bien afortunada. No permitas,
con dejarme y desampararme, que se hagan y junten corrillos en mi deshonra;
no des tan mala vejez a mis padres, pues no lo merecen los leales servicios
que, como buenos vasallos, a los tuyos siempre han hecho. Y si te parece
que has de aniquilar tu sangre por mezclarla con la mía, considera que
pocas o ninguna nobleza hay en el mundo que no haya corrido por este
camino, y que la que se toma de las mujeres no es la que hace al caso en
las ilustres decendencias; cuanto más, que la verdadera nobleza consiste en
la virtud, y si ésta a ti te falta, negándome lo que tan justamente me
debes, yo quedaré con más ventajas de noble que las que tú tienes. En fin,
señor, lo que últimamente te digo es que, quieras o no quieras, yo soy tu
esposa: testigos son tus palabras, que no han ni deben ser mentirosas, si
ya es que te precias de aquello por que me desprecias; testigo será la
firma que hiciste, y testigo el cielo, a quien tú llamaste por testigo de
lo que me prometías. Y, cuando todo esto falte, tu misma conciencia no ha
de faltar de dar voces callando en mitad de tus alegrías, volviendo por
esta verdad que te he dicho y turbando tus mejores gustos y contentos.

Estas y otras razones dijo la lastimada Dorotea, con tanto sentimiento y

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