Don Quijote de la Mancha (Miguel de Cervantes Saavedra) Libros Clásicos

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en los brazos de su marido. Mira si te estará bien o te será posible
deshacer lo que el cielo ha hecho, o si te convendrá querer levantar a
igualar a ti mismo a la que, pospuesto todo inconveniente, confirmada en su
verdad y firmeza, delante de tus ojos tiene los suyos, bañados de licor
amoroso el rostro y pecho de su verdadero esposo. Por quien Dios es te
ruego, y por quien tú eres te suplico, que este tan notorio desengaño no
sólo no acreciente tu ira, sino que la mengüe en tal manera, que con
quietud y sosiego permitas que estos dos amantes le tengan, sin
impedimiento tuyo, todo el tiempo que el cielo quisiere concedérsele; y en
esto mostrarás la generosidad de tu ilustre y noble pecho, y verá el mundo
que tiene contigo más fuerza la razón que el apetito.

En tanto que esto decía Dorotea, aunque Cardenio tenía abrazada a Luscinda,
no quitaba los ojos de don Fernando, con determinación de que, si le viese
hacer algún movimiento en su perjuicio, procurar defenderse y ofender como
mejor pudiese a todos aquellos que en su daño se mostrasen, aunque le
costase la vida. Pero a esta sazón acudieron los amigos de don Fernando, y
el cura y el barbero, que a todo habían estado presentes, sin que faltase
el bueno de Sancho Panza, y todos rodeaban a don Fernando, suplicándole
tuviese por bien de mirar las lágrimas de Dorotea; y que, siendo verdad,
como sin duda ellos creían que lo era, lo que en sus razones había dicho,
que no permitiese quedase defraudada de sus tan justas esperanzas. Que
considerase que, no acaso, como parecía, sino con particular providencia
del cielo, se habían todos juntado en lugar donde menos ninguno pensaba; y
que advirtiese -dijo el cura- que sola la muerte podía apartar a Luscinda
de Cardenio; y, aunque los dividiesen filos de alguna espada, ellos
tendrían por felicísima su muerte; y que en los lazos inremediables era
suma cordura, forzándose y venciéndose a sí mismo, mostrar un generoso
pecho, permitiendo que por sola su voluntad los dos gozasen el bien que el
cielo ya les había concedido; que pusiese los ojos ansimesmo en la beldad
de Dorotea, y vería que pocas o ninguna se le podían igualar, cuanto más
hacerle ventaja, y que juntase a su hermosura su humildad y el estremo del
amor que le tenía; y, sobre todo, advirtiese que si se preciaba de
caballero y de cristiano, que no podía hacer otra cosa que cumplille la
palabra dada, y que, cumpliéndosela, cumpliría con Dios y satisfaría a las
gentes discretas, las cuales saben y conocen que es prerrogativa de la
hermosura, aunque esté en sujeto humilde, como se acompañe con la

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