Don Quijote de la Mancha (Miguel de Cervantes Saavedra) Libros Clásicos

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Preguntó luego a Dorotea le dijese cómo había venido a aquel lugar tan
lejos del suyo. Ella, con breves y discretas razones, contó todo lo que
antes había contado a Cardenio, de lo cual gustó tanto don Fernando y los
que con él venían, que quisieran que durara el cuento más tiempo: tanta era
la gracia con que Dorotea contaba sus desventuras. Y, así como hubo
acabado, dijo don Fernando lo que en la ciudad le había acontecido después
que halló el papel en el seno de Luscinda, donde declaraba ser esposa de
Cardenio y no poderlo ser suya. Dijo que la quiso matar, y lo hiciera si de
sus padres no fuera impedido; y que así, se salió de su casa, despechado y
corrido, con determinación de vengarse con más comodidad; y que otro día
supo como Luscinda había faltado de casa de sus padres, sin que nadie
supiese decir dónde se había ido, y que, en resolución, al cabo de algunos
meses vino a saber como estaba en un monesterio, con voluntad de quedarse
en él toda la vida, si no la pudiese pasar con Cardenio; y que, así como lo
supo, escogiendo para su compañía aquellos tres caballeros, vino al lugar
donde estaba, a la cual no había querido hablar, temeroso que, en sabiendo
que él estaba allí, había de haber más guarda en el monesterio; y así,
aguardando un día a que la portería estuviese abierta, dejó a los dos a la
guarda de la puerta, y él, con otro, habían entrado en el monesterio
buscando a Luscinda, la cual hallaron en el claustro hablando con una
monja; y, arrebatándola, sin darle lugar a otra cosa, se habían venido con
ella a un lugar donde se acomodaron de aquello que hubieron menester para
traella. Todo lo cual habían podido hacer bien a su salvo, por estar el
monesterio en el campo, buen trecho fuera del pueblo. Dijo que, así como
Luscinda se vio en su poder, perdió todos los sentidos; y que, después de
vuelta en sí, no había hecho otra cosa sino llorar y suspirar, sin hablar
palabra alguna; y que así, acompañados de silencio y de lágrimas, habían
llegado a aquella venta, que para él era haber llegado al cielo, donde se
rematan y tienen fin todas las desventuras de la tierra.





Capítulo XXXVII. Que prosigue la historia de la famosa infanta Micomicona,
con otras graciosas aventuras


Todo esto escuchaba Sancho, no con poco dolor de su ánima, viendo que se
le desparecían e iban en humo las esperanzas de su ditado, y que la linda
princesa Micomicona se le había vuelto en Dorotea, y el gigante en don

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