Don Quijote de la Mancha (Miguel de Cervantes Saavedra) Libros Clásicos

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especialmente siendo mujer a quien se sirve.

-Por ella y por mí -respondió el captivo- os beso, señora mía, las manos, y
estimo mucho y en lo que es razón la merced ofrecida; que en tal ocasión, y
de tales personas como vuestro parecer muestra, bien se echa de ver que ha
de ser muy grande.

-Decidme, señor -dijo Dorotea-: ¿esta señora es cristiana o mora? Porque el
traje y el silencio nos hace pensar que es lo que no querríamos que fuese.

-Mora es en el traje y en el cuerpo, pero en el alma es muy grande
cristiana, porque tiene grandísimos deseos de serlo.

-Luego, ¿no es baptizada? -replicó Luscinda.

-No ha habido lugar para ello -respondió el captivo- después que salió de
Argel, su patria y tierra, y hasta agora no se ha visto en peligro de
muerte tan cercana que obligase a baptizalla sin que supiese primero todas
las ceremonias que nuestra Madre la Santa Iglesia manda; pero Dios será
servido que presto se bautice con la decencia que la calidad de su persona
merece, que es más de lo que muestra su hábito y el mío.

Con estas razones puso gana en todos los que escuchándole estaban de
saber quién fuese la mora y el captivo, pero nadie se lo quiso preguntar
por entonces, por ver que aquella sazón era más para procurarles descanso
que para preguntarles sus vidas. Dorotea la tomó por la mano y la llevó a
sentar junto a sí, y le rogó que se quitase el embozo. Ella miró al
cautivo, como si le preguntara le dijese lo que decían y lo que ella haría.
Él, en lengua arábiga, le dijo que le pedían se quitase el embozo, y que lo
hiciese; y así, se lo quitó, y descubrió un rostro tan hermoso que Dorotea
la tuvo por más hermosa que a Luscinda, y Luscinda por más hermosa que a
Dorotea, y todos los circustantes conocieron que si alguno se podría
igualar al de las dos, era el de la mora, y aun hubo algunos que le
aventajaron en alguna cosa. Y, como la hermosura tenga prerrogativa y
gracia de reconciliar los ánimos y atraer las voluntades, luego se
rindieron todos al deseo de servir y acariciar a la hermosa mora.

Preguntó don Fernando al captivo cómo se llamaba la mora, el cual respondió
que lela Zoraida; y, así como esto oyó, ella entendió lo que le habían
preguntado al cristiano, y dijo con mucha priesa, llena de congoja y
donaire:

-¡No, no Zoraida: María, María! -dando a entender que se llamaba María y no
Zoraida.

Estas palabras, el grande afecto con que la mora las dijo, hicieron

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