Don Quijote de la Mancha (Miguel de Cervantes Saavedra) Libros Clásicos

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mucho entendimiento; o como si no trabajase el ánimo del guerrero que tiene
a su cargo un ejército, o la defensa de una ciudad sitiada, así con el
espíritu como con el cuerpo. Si no, véase si se alcanza con las fuerzas
corporales a saber y conjeturar el intento del enemigo, los disignios, las
estratagemas, las dificultades, el prevenir los daños que se temen; que
todas estas cosas son acciones del entendimiento, en quien no tiene parte
alguna el cuerpo. Siendo pues ansí, que las armas requieren espíritu, como
las letras, veamos ahora cuál de los dos espíritus, el del letrado o el del
guerrero, trabaja más. Y esto se vendrá a conocer por el fin y paradero a
que cada uno se encamina, porque aquella intención se ha de estimar en más
que tiene por objeto más noble fin. Es el fin y paradero de las letras...,
y no hablo ahora de las divinas, que tienen por blanco llevar y encaminar
las almas al cielo, que a un fin tan sin fin como éste ninguno otro se le
puede igualar; hablo de las letras humanas, que es su fin poner en su punto
la justicia distributiva y dar a cada uno lo que es suyo, entender y hacer
que las buenas leyes se guarden. Fin, por cierto, generoso y alto y digno
de grande alabanza, pero no de tanta como merece aquel a que las armas
atienden, las cuales tienen por objeto y fin la paz, que es el mayor bien
que los hombres pueden desear en esta vida. Y así, las primeras buenas
nuevas que tuvo el mundo y tuvieron los hombres fueron las que dieron los
ángeles la noche que fue nuestro día, cuando cantaron en los aires:
´´Gloria sea en las alturas, y paz en la tierra, a los hombres de buena
voluntad´´; y a la salutación que el mejor maestro de la tierra y del cielo
enseñó a sus allegados y favoridos, fue decirles que cuando entrasen en
alguna casa, dijesen: ´´Paz sea en esta casa´´; y otras muchas veces les
dijo: ´´Mi paz os doy, mi paz os dejo: paz sea con vosotros´´, bien como
joya y prenda dada y dejada de tal mano; joya que sin ella, en la tierra ni
en el cielo puede haber bien alguno. Esta paz es el verdadero fin de la
guerra, que lo mesmo es decir armas que guerra. Prosupuesta, pues, esta
verdad, que el fin de la guerra es la paz, y que en esto hace ventaja al
fin de las letras, vengamos ahora a los trabajos del cuerpo del letrado y a
los del profesor de las armas, y véase cuáles son mayores.

De tal manera, y por tan buenos términos, iba prosiguiendo en su plática

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