Don Quijote de la Mancha (Miguel de Cervantes Saavedra) Libros Clásicos

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suele reparar de las inclemencias del cielo, estando en la campaña rasa,
con sólo el aliento de su boca, que, como sale de lugar vacío, tengo por
averiguado que debe de salir frío, contra toda naturaleza. Pues esperad que
espere que llegue la noche, para restaurarse de todas estas incomodidades,
en la cama que le aguarda, la cual, si no es por su culpa, jamás pecará de
estrecha; que bien puede medir en la tierra los pies que quisiere, y
revolverse en ella a su sabor, sin temor que se le encojan las sábanas.
Lléguese, pues, a todo esto, el día y la hora de recebir el grado de su
ejercicio; lléguese un día de batalla, que allí le pondrán la borla en la
cabeza, hecha de hilas, para curarle algún balazo, que quizá le habrá
pasado las sienes, o le dejará estropeado de brazo o pierna. Y, cuando esto
no suceda, sino que el cielo piadoso le guarde y conserve sano y vivo,
podrá ser que se quede en la mesma pobreza que antes estaba, y que sea
menester que suceda uno y otro rencuentro, una y otra batalla, y que de
todas salga vencedor, para medrar en algo; pero estos milagros vense raras
veces. Pero, decidme, señores, si habéis mirado en ello: ¿cuán menos son
los premiados por la guerra que los que han perecido en ella? Sin duda,
habéis de responder que no tienen comparación, ni se pueden reducir a
cuenta los muertos, y que se podrán contar los premiados vivos con tres
letras de guarismo. Todo esto es al revés en los letrados; porque, de
faldas, que no quiero decir de mangas, todos tienen en qué entretenerse.
Así que, aunque es mayor el trabajo del soldado, es mucho menor el premio.
Pero a esto se puede responder que es más fácil premiar a dos mil letrados
que a treinta mil soldados, porque a aquéllos se premian con darles
oficios, que por fuerza se han de dar a los de su profesión, y a éstos no
se pueden premiar sino con la mesma hacienda del señor a quien sirven; y
esta imposibilidad fortifica más la razón que tengo. Pero dejemos esto
aparte, que es laberinto de muy dificultosa salida, sino volvamos a la
preeminencia de las armas contra las letras, materia que hasta ahora está
por averiguar, según son las razones que cada una de su parte alega. Y,
entre las que he dicho, dicen las letras que sin ellas no se podrían
sustentar las armas, porque la guerra también tiene sus leyes y está sujeta
a ellas, y que las leyes caen debajo de lo que son letras y letrados. A
esto responden las armas que las leyes no se podrán sustentar sin ellas,

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