Don Quijote de la Mancha (Miguel de Cervantes Saavedra) Libros Clásicos

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porque con las armas se defienden las repúblicas, se conservan los reinos,
se guardan las ciudades, se aseguran los caminos, se despejan los mares de
cosarios; y, finalmente, si por ellas no fuese, las repúblicas, los reinos,
las monarquías, las ciudades, los caminos de mar y tierra estarían sujetos
al rigor y a la confusión que trae consigo la guerra el tiempo que dura y
tiene licencia de usar de sus previlegios y de sus fuerzas. Y es razón
averiguada que aquello que más cuesta se estima y debe de estimar en más.
Alcanzar alguno a ser eminente en letras le cuesta tiempo, vigilias,
hambre, desnudez, váguidos de cabeza, indigestiones de estómago, y otras
cosas a éstas adherentes, que, en parte, ya las tengo referidas; mas llegar
uno por sus términos a ser buen soldado le cuesta todo lo que a el
estudiante, en tanto mayor grado que no tiene comparación, porque a cada
paso está a pique de perder la vida. Y ¿qué temor de necesidad y pobreza
puede llegar ni fatigar al estudiante, que llegue al que tiene un soldado,
que, hallándose cercado en alguna fuerza, y estando de posta, o guarda, en
algún revellín o caballero, siente que los enemigos están minando hacia la
parte donde él está, y no puede apartarse de allí por ningún caso, ni huir
el peligro que de tan cerca le amenaza? Sólo lo que puede hacer es dar
noticia a su capitán de lo que pasa, para que lo remedie con alguna
contramina, y él estarse quedo, temiendo y esperando cuándo improvisamente
ha de subir a las nubes sin alas y bajar al profundo sin su voluntad. Y si
éste parece pequeño peligro, veamos si le iguala o hace ventajas el de
embestirse dos galeras por las proas en mitad del mar espacioso, las cuales
enclavijadas y trabadas, no le queda al soldado más espacio del que concede
dos pies de tabla del espolón; y, con todo esto, viendo que tiene delante
de sí tantos ministros de la muerte que le amenazan cuantos cañones de
artillería se asestan de la parte contraria, que no distan de su cuerpo una
lanza, y viendo que al primer descuido de los pies iría a visitar los
profundos senos de Neptuno; y, con todo esto, con intrépido corazón,
llevado de la honra que le incita, se pone a ser blanco de tanta
arcabucería, y procura pasar por tan estrecho paso al bajel contrario. Y lo
que más es de admirar: que apenas uno ha caído donde no se podrá levantar
hasta la fin del mundo, cuando otro ocupa su mesmo lugar; y si éste también
cae en el mar, que como a enemigo le aguarda, otro y otro le sucede, sin

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