Don Quijote de la Mancha (Miguel de Cervantes Saavedra) Libros Clásicos

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dar tiempo al tiempo de sus muertes: valentía y atrevimiento el mayor que
se puede hallar en todos los trances de la guerra. Bien hayan aquellos
benditos siglos que carecieron de la espantable furia de aquestos
endemoniados instrumentos de la artillería, a cuyo inventor tengo para mí
que en el infierno se le está dando el premio de su diabólica invención,
con la cual dio causa que un infame y cobarde brazo quite la vida a un
valeroso caballero, y que, sin saber cómo o por dónde, en la mitad del
coraje y brío que enciende y anima a los valientes pechos, llega una
desmandada bala, disparada de quien quizá huyó y se espantó del resplandor
que hizo el fuego al disparar de la maldita máquina, y corta y acaba en un
instante los pensamientos y vida de quien la merecía gozar luengos siglos.
Y así, considerando esto, estoy por decir que en el alma me pesa de haber
tomado este ejercicio de caballero andante en edad tan detestable como es
esta en que ahora vivimos; porque, aunque a mí ningún peligro me pone
miedo, todavía me pone recelo pensar si la pólvora y el estaño me han de
quitar la ocasión de hacerme famoso y conocido por el valor de mi brazo y
filos de mi espada, por todo lo descubierto de la tierra. Pero haga el
cielo lo que fuere servido, que tanto seré más estimado, si salgo con lo
que pretendo, cuanto a mayores peligros me he puesto que se pusieron los
caballeros andantes de los pasados siglos.

Todo este largo preámbulo dijo don Quijote, en tanto que los demás cenaban,
olvidándose de llevar bocado a la boca, puesto que algunas veces le había
dicho Sancho Panza que cenase, que después habría lugar para decir todo lo
que quisiese. En los que escuchado le habían sobrevino nueva lástima de ver
que hombre que, al parecer, tenía buen entendimiento y buen discurso en
todas las cosas que trataba, le hubiese perdido tan rematadamente, en
tratándole de su negra y pizmienta caballería. El cura le dijo que tenía
mucha razón en todo cuanto había dicho en favor de las armas, y que él,
aunque letrado y graduado, estaba de su mesmo parecer.

Acabaron de cenar, levantaron los manteles, y, en tanto que la ventera, su
hija y Maritornes aderezaban el camaranchón de don Quijote de la Mancha,
donde habían determinado que aquella noche las mujeres solas en él se
recogiesen, don Fernando rogó al cautivo les contase el discurso de su
vida, porque no podría ser sino que fuese peregrino y gustoso, según las
muestras que había comenzado a dar, viniendo en compañía de Zoraida. A lo

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