Don Quijote de la Mancha (Miguel de Cervantes Saavedra) Libros Clásicos

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cual respondió el cautivo que de muy buena gana haría lo que se le mandaba,
y que sólo temía que el cuento no había de ser tal, que les diese el gusto
que él deseaba; pero que, con todo eso, por no faltar en obedecelle, le
contaría. El cura y todos los demás se lo agradecieron, y de nuevo se lo
rogaron; y él, viéndose rogar de tantos, dijo que no eran menester ruegos
adonde el mandar tenía tanta fuerza.

-Y así, estén vuestras mercedes atentos, y oirán un discurso verdadero, a
quien podría ser que no llegasen los mentirosos que con curioso y pensado
artificio suelen componerse.

Con esto que dijo, hizo que todos se acomodasen y le prestasen un grande
silencio; y él, viendo que ya callaban y esperaban lo que decir quisiese,
con voz agradable y reposada, comenzó a decir desta manera:





Capítulo XXXIX. Donde el cautivo cuenta su vida y sucesos


-«En un lugar de las Montañas de León tuvo principio mi linaje, con quien
fue más agradecida y liberal la naturaleza que la fortuna, aunque, en la
estrecheza de aquellos pueblos, todavía alcanzaba mi padre fama de rico, y
verdaderamente lo fuera si así se diera maña a conservar su hacienda como
se la daba en gastalla. Y la condición que tenía de ser liberal y gastador
le procedió de haber sido soldado los años de su joventud, que es escuela
la soldadesca donde el mezquino se hace franco, y el franco, pródigo; y si
algunos soldados se hallan miserables, son como monstruos, que se ven raras
veces. Pasaba mi padre los términos de la liberalidad, y rayaba en los de
ser pródigo: cosa que no le es de ningún provecho al hombre casado, y que
tiene hijos que le han de suceder en el nombre y en el ser. Los que mi
padre tenía eran tres, todos varones y todos de edad de poder elegir
estado. Viendo, pues, mi padre que, según él decía, no podía irse a la mano
contra su condición, quiso privarse del instrumento y causa que le hacía
gastador y dadivoso, que fue privarse de la hacienda, sin la cual el mismo
Alejandro pareciera estrecho.

»Y así, llamándonos un día a todos tres a solas en un aposento, nos dijo
unas razones semejantes a las que ahora diré: ´´Hijos, para deciros que os
quiero bien, basta saber y decir que sois mis hijos; y, para entender que
os quiero mal, basta saber que no me voy a la mano en lo que toca a
conservar vuestra hacienda. Pues, para que entendáis desde aquí adelante
que os quiero como padre, y que no os quiero destruir como padrastro,

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