Don Quijote de la Mancha (Miguel de Cervantes Saavedra) Libros Clásicos

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fruta, y su padre se la daba sin conocelle; y, aunque él quisiera hablar a
Zoraida, como él después me dijo, y decille que él era el que por orden mía
le había de llevar a tierra de cristianos, que estuviese contenta y segura,
nunca le fue posible, porque las moras no se dejan ver de ningún moro ni
turco, si no es que su marido o su padre se lo manden. De cristianos
cautivos se dejan tratar y comunicar, aun más de aquello que sería
razonable; y a mí me hubiera pesado que él la hubiera hablado, que quizá la
alborotara, viendo que su negocio andaba en boca de renegados. Pero Dios,
que lo ordenaba de otra manera, no dio lugar al buen deseo que nuestro
renegado tenía; el cual, viendo cuán seguramente iba y venía a Sargel, y
que daba fondo cuando y como y adonde quería, y que el tagarino, su
compañero, no tenía más voluntad de lo que la suya ordenaba, y que yo
estaba ya rescatado, y que sólo faltaba buscar algunos cristianos que
bogasen el remo, me dijo que mirase yo cuáles quería traer conmigo, fuera
de los rescatados, y que los tuviese hablados para el primer viernes, donde
tenía determinado que fuese nuestra partida. Viendo esto, hablé a doce
españoles, todos valientes hombres del remo, y de aquellos que más
libremente podían salir de la ciudad; y no fue poco hallar tantos en
aquella coyuntura, porque estaban veinte bajeles en corso, y se habían
llevado toda la gente de remo, y éstos no se hallaran, si no fuera que su
amo se quedó aquel verano sin ir en corso, a acabar una galeota que tenía
en astillero. A los cuales no les dije otra cosa, sino que el primer
viernes en la tarde se saliesen uno a uno, disimuladamente, y se fuesen la
vuelta del jardín de Agi Morato, y que allí me aguardasen hasta que yo
fuese. A cada uno di este aviso de por sí, con orden que, aunque allí
viesen a otros cristianos, no les dijesen sino que yo les había mandado
esperar en aquel lugar.

»Hecha esta diligencia, me faltaba hacer otra, que era la que más me
convenía: y era la de avisar a Zoraida en el punto que estaban los
negocios, para que estuviese apercebida y sobre aviso, que no se
sobresaltase si de improviso la asaltásemos antes del tiempo que ella podía
imaginar que la barca de cristianos podía volver. Y así, determiné de ir al
jardín y ver si podría hablarla; y, con ocasión de coger algunas yerbas, un
día, antes de mi partida, fui allá, y la primera persona con quién encontré
fue con su padre, el cual me dijo, en lengua que en toda la Berbería, y aun

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