Don Quijote de la Mancha (Miguel de Cervantes Saavedra) Libros Clásicos

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en Costantinopla, se halla entre cautivos y moros, que ni es morisca, ni
castellana, ni de otra nación alguna, sino una mezcla de todas las lenguas
con la cual todos nos entendemos; digo, pues, que en esta manera de
lenguaje me preguntó que qué buscaba en aquel su jardín, y de quién era.
Respondíle que era esclavo de Arnaúte Mamí (y esto, porque sabía yo por muy
cierto que era un grandísimo amigo suyo), y que buscaba de todas yerbas,
para hacer ensalada. Preguntóme, por el consiguiente, si era hombre de
rescate o no, y que cuánto pedía mi amo por mí. Estando en todas estas
preguntas y respuestas, salió de la casa del jardín la bella Zoraida, la
cual ya había mucho que me había visto; y, como las moras en ninguna manera
hacen melindre de mostrarse a los cristianos, ni tampoco se esquivan, como
ya he dicho, no se le dio nada de venir adonde su padre conmigo estaba;
antes, luego cuando su padre vio que venía, y de espacio, la llamó y mandó
que llegase.

»Demasiada cosa sería decir yo agora la mucha hermosura, la gentileza, el
gallardo y rico adorno con que mi querida Zoraida se mostró a mis ojos:
sólo diré que más perlas pendían de su hermosísimo cuello, orejas y
cabellos, que cabellos tenía en la cabeza. En las gargantas de los sus
pies, que descubiertas, a su usanza, traía, traía dos carcajes (que así se
llamaban las manillas o ajorcas de los pies en morisco) de purísimo oro,
con tantos diamantes engastados, que ella me dijo después que su padre los
estimaba en diez mil doblas, y las que traía en las muñecas de las manos
valían otro tanto. Las perlas eran en gran cantidad y muy buenas, porque la
mayor gala y bizarría de las moras es adornarse de ricas perlas y aljófar,
y así, hay más perlas y aljófar entre moros que entre todas las demás
naciones; y el padre de Zoraida tenía fama de tener muchas y de las mejores
que en Argel había, y de tener asimismo más de docientos mil escudos
españoles, de todo lo cual era señora esta que ahora lo es mía. Si con todo
este adorno podía venir entonces hermosa, o no, por las reliquias que le
han quedado en tantos trabajos se podrá conjeturar cuál debía de ser en las
prosperidades. Porque ya se sabe que la hermosura de algunas mujeres tiene
días y sazones, y requiere accidentes para diminuirse o acrecentarse; y es
natural cosa que las pasiones del ánimo la levanten o abajen, puesto que
las más veces la destruyen.

»Digo, en fin, que entonces llegó en todo estremo aderezada y en todo

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