Don Quijote de la Mancha (Miguel de Cervantes Saavedra) Libros Clásicos

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aunque ella hablaba la bastarda lengua que, como he dicho, allí se usa, más
declaraba su intención por señas que por palabras.

»Estando en estas y otras muchas razones, llegó un moro corriendo, y dijo,
a grandes voces, que por las bardas o paredes del jardín habían saltado
cuatro turcos, y andaban cogiendo la fruta, aunque no estaba madura.
Sobresaltóse el viejo, y lo mesmo hizo Zoraida, porque es común y casi
natural el miedo que los moros a los turcos tienen, especialmente a los
soldados, los cuales son tan insolentes y tienen tanto imperio sobre los
moros que a ellos están sujetos, que los tratan peor que si fuesen esclavos
suyos. Digo, pues, que dijo su padre a Zoraida: ´´Hija, retírate a la casa
y enciérrate, en tanto que yo voy a hablar a estos canes; y tú, cristiano,
busca tus yerbas, y vete en buen hora, y llévete Alá con bien a tu
tierra´´. Yo me incliné, y él se fue a buscar los turcos, dejándome solo
con Zoraida, que comenzó a dar muestras de irse donde su padre la había
mandado. Pero, apenas él se encubrió con los árboles del jardín, cuando
ella, volviéndose a mí, llenos los ojos de lágrimas, me dijo: ´´Ámexi,
cristiano, ámexi´´; que quiere decir: "¿Vaste, cristiano, vaste?" Yo la
respondí: ´´Señora, sí, pero no en ninguna manera sin ti: el primero jumá
me aguarda, y no te sobresaltes cuando nos veas; que sin duda alguna iremos
a tierra de cristianos´´.

»Yo le dije esto de manera que ella me entendió muy bien a todas las
razones que entrambos pasamos; y, echándome un brazo al cuello, con
desmayados pasos comenzó a caminar hacia la casa; y quiso la suerte, que
pudiera ser muy mala si el cielo no lo ordenara de otra manera, que, yendo
los dos de la manera y postura que os he contado, con un brazo al cuello,
su padre, que ya volvía de hacer ir a los turcos, nos vio de la suerte y
manera que íbamos, y nosotros vimos que él nos había visto; pero Zoraida,
advertida y discreta, no quiso quitar el brazo de mi cuello, antes se llegó
más a mí y puso su cabeza sobre mi pecho, doblando un poco las rodillas,
dando claras señales y muestras que se desmayaba, y yo, ansimismo, di a
entender que la sostenía contra mi voluntad. Su padre llegó corriendo
adonde estábamos, y, viendo a su hija de aquella manera, le preguntó que
qué tenía; pero, como ella no le respondiese, dijo su padre: ´´Sin duda
alguna que con el sobresalto de la entrada de estos canes se ha
desmayado´´. Y, quitándola del mío, la arrimó a su pecho; y ella, dando un

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