Don Quijote de la Mancha (Miguel de Cervantes Saavedra) Libros Clásicos

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Esto era
ya a tiempo que la ciudad estaba ya cerrada, y por toda aquella campaña
ninguna persona parecía. Como estuvimos juntos, dudamos si sería mejor ir
primero por Zoraida, o rendir primero a los moros bagarinos que bogaban el
remo en la barca. Y, estando en esta duda, llegó a nosotros nuestro
renegado diciéndonos que en qué nos deteníamos, que ya era hora, y que
todos sus moros estaban descuidados, y los más dellos durmiendo. Dijímosle
en lo que reparábamos, y él dijo que lo que más importaba era rendir
primero el bajel, que se podía hacer con grandísima facilidad y sin peligro
alguno, y que luego podíamos ir por Zoraida. Pareciónos bien a todos lo que
decía, y así, sin detenernos más, haciendo él la guía, llegamos al bajel,
y, saltando él dentro primero, metió mano a un alfanje, y dijo en morisco:
´´Ninguno de vosotros se mueva de aquí, si no quiere que le cueste la
vida´´. Ya, a este tiempo, habían entrado dentro casi todos los cristianos.
Los moros, que eran de poco ánimo, viendo hablar de aquella manera a su
arráez, quedáronse espantados, y sin ninguno de todos ellos echar mano a
las armas, que pocas o casi ningunas tenían, se dejaron, sin hablar alguna
palabra, maniatar de los cristianos, los cuales con mucha presteza lo
hicieron, amenazando a los moros que si alzaban por alguna vía o manera la
voz, que luego al punto los pasarían todos a cuchillo.

»Hecho ya esto, quedándose en guardia dellos la mitad de los nuestros, los
que quedábamos, haciéndonos asimismo el renegado la guía, fuimos al jardín
de Agi Morato, y quiso la buena suerte que, llegando a abrir la puerta, se
abrió con tanta facilidad como si cerrada no estuviera; y así, con gran
quietud y silencio, llegamos a la casa sin ser sentidos de nadie. Estaba la
bellísima Zoraida aguardándonos a una ventana, y, así como sintió gente,
preguntó con voz baja si éramos nizarani, como si dijera o preguntara si
éramos cristianos. Yo le respondí que sí, y que bajase. Cuando ella me
conoció, no se detuvo un punto, porque, sin responderme palabra, bajó en un
instante, abrió la puerta y mostróse a todos tan hermosa y ricamente
vestida que no lo acierto a encarecer. Luego que yo la vi, le tomé una
mano y la comencé a besar, y el renegado hizo lo mismo, y mis dos
camaradas; y los demás, que el caso no sabían, hicieron lo que vieron que
nosotros hacíamos, que no parecía sino que le dábamos las gracias y la
reconocíamos por señora de nuestra libertad. El renegado le dijo en lengua
morisca si estaba su padre en el jardín.

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