Don Quijote de la Mancha (Miguel de Cervantes Saavedra) Libros Clásicos

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Ella respondió que sí y que
dormía. ´´Pues será menester despertalle -replicó el renegado-, y
llevárnosle con nosotros, y todo aquello que tiene de valor este hermoso
jardín.´´ ´´No -dijo ella-, a mi padre no se ha de tocar en ningún modo, y
en esta casa no hay otra cosa que lo que yo llevo, que es tanto, que bien
habrá para que todos quedéis ricos y contentos; y esperaros un poco y lo
veréis´´. Y, diciendo esto, se volvió a entrar, diciendo que muy presto
volvería; que nos estuviésemos quedos, sin hacer ningún ruido. Preguntéle
al renegado lo que con ella había pasado, el cual me lo contó, a quien yo
dije que en ninguna cosa se había de hacer más de lo que Zoraida quisiese;
la cual ya que volvía cargada con un cofrecillo lleno de escudos de oro,
tantos, que apenas lo podía sustentar, quiso la mala suerte que su padre
despertase en el ínterin y sintiese el ruido que andaba en el jardín; y,
asomándose a la ventana, luego conoció que todos los que en él estaban eran
cristianos; y, dando muchas, grandes y desaforadas voces, comenzó a decir
en arábigo: ´´¡Cristianos, cristianos! ¡Ladrones, ladrones!´´; por los
cuales gritos nos vimos todos puestos en grandísima y temerosa confusión.
Pero el renegado, viendo el peligro en que estábamos, y lo mucho que le
importaba salir con aquella empresa antes de ser sentido, con grandísima
presteza, subió donde Agi Morato estaba, y juntamente con él fueron algunos
de nosotros; que yo no osé desamparar a la Zoraida, que como desmayada se
había dejado caer en mis brazos. En resolución, los que subieron se dieron
tan buena maña que en un momento bajaron con Agi Morato, trayéndole atadas
las manos y puesto un pañizuelo en la boca, que no le dejaba hablar
palabra, amenazándole que el hablarla le había de costar la vida. Cuando su
hija le vio, se cubrió los ojos por no verle, y su padre quedó espantado,
ignorando cuán de su voluntad se había puesto en nuestras manos. Mas,
entonces siendo más necesarios los pies, con diligencia y presteza nos
pusimos en la barca; que ya los que en ella habían quedado nos esperaban,
temerosos de algún mal suceso nuestro.

»Apenas serían dos horas pasadas de la noche, cuando ya estábamos todos en
la barca, en la cual se le quitó al padre de Zoraida la atadura de las
manos y el paño de la boca; pero tornóle a decir el renegado que no hablase
palabra, que le quitarían la vida. Él, como vio allí a su hija, comenzó a
suspirar ternísimamente, y más cuando vio que yo estrechamente la tenía
abrazada, y que ella sin defender, quejarse ni esquivarse, se estaba queda;

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