Don Quijote de la Mancha (Miguel de Cervantes Saavedra) Libros Clásicos

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fondo cuando la necesidad les fuerza a ello, porque nunca le dan sin ella;
puesto que para nosotros no fue abrigo de mala mujer, sino puerto seguro de
nuestro remedio, según andaba alterada la mar.

»Pusimos nuestras centinelas en tierra, y no dejamos jamás los remos de la
mano; comimos de lo que el renegado había proveído, y rogamos a Dios y a
Nuestra Señora, de todo nuestro corazón, que nos ayudase y favoreciese para
que felicemente diésemos fin a tan dichoso principio. Diose orden, a
suplicación de Zoraida, como echásemos en tierra a su padre y a todos los
demás moros que allí atados venían, porque no le bastaba el ánimo, ni lo
podían sufrir sus blandas entrañas, ver delante de sus ojos atado a su
padre y aquellos de su tierra presos. Prometímosle de hacerlo así al tiempo
de la partida, pues no corría peligro el dejallos en aquel lugar, que era
despoblado. No fueron tan vanas nuestras oraciones que no fuesen oídas del
cielo; que, en nuestro favor, luego volvió el viento, tranquilo el mar,
convidándonos a que tornásemos alegres a proseguir nuestro comenzado viaje.

»Viendo esto, desatamos a los moros, y uno a uno los pusimos en tierra, de
lo que ellos se quedaron admirados; pero, llegando a desembarcar al padre
de Zoraida, que ya estaba en todo su acuerdo, dijo: ´´¿Por qué pensáis,
cristianos, que esta mala hembra huelga de que me deis libertad? ¿Pensáis
que es por piedad que de mí tiene? No, por cierto, sino que lo hace por el
estorbo que le dará mi presencia cuando quiera poner en ejecución sus malos
deseos; ni penséis que la ha movido a mudar religión entender ella que la
vuestra a la nuestra se aventaja, sino el saber que en vuestra tierra se
usa la deshonestidad más libremente que en la nuestra´´. Y, volviéndose a
Zoraida, teniéndole yo y otro cristiano de entrambos brazos asido, porque
algún desatino no hiciese, le dijo: ´´¡Oh infame moza y mal aconsejada
muchacha! ¿Adónde vas, ciega y desatinada, en poder destos perros,
naturales enemigos nuestros? ¡Maldita sea la hora en que yo te engendré, y
malditos sean los regalos y deleites en que te he criado!´´ Pero, viendo yo
que llevaba término de no acabar tan presto, di priesa a ponelle en tierra,
y desde allí, a voces, prosiguió en sus maldiciones y lamentos, rogando a
Mahoma rogase a Alá que nos destruyese, confundiese y acabase; y cuando,
por habernos hecho a la vela, no podimos oír sus palabras, vimos sus obras,
que eran arrancarse las barbas, mesarse los cabellos y arrastrarse por el
suelo; mas una vez esforzó la voz de tal manera que podimos entender que

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