Don Quijote de la Mancha (Miguel de Cervantes Saavedra) Libros Clásicos

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entrar en su tierra con el autoridad y cómodo que a su persona se debía.
Todo lo agradeció cortesísimamente el cautivo, pero no quiso acetar ninguno
de sus liberales ofrecimientos.

En esto, llegaba ya la noche, y, al cerrar della, llegó a la venta un
coche, con algunos hombres de a caballo. Pidieron posada; a quien la
ventera respondió que no había en toda la venta un palmo desocupado.

-Pues, aunque eso sea -dijo uno de los de a caballo que habían entrado-, no
ha de faltar para el señor oidor que aquí viene.

A este nombre se turbó la güéspeda, y dijo:

-Señor, lo que en ello hay es que no tengo camas: si es que su merced del
señor oidor la trae, que sí debe de traer, entre en buen hora, que yo y mi
marido nos saldremos de nuestro aposento por acomodar a su merced.

-Sea en buen hora -dijo el escudero.

Pero, a este tiempo, ya había salido del coche un hombre, que en el traje
mostró luego el oficio y cargo que tenía, porque la ropa luenga, con las
mangas arrocadas, que vestía, mostraron ser oidor, como su criado había
dicho. Traía de la mano a una doncella, al parecer de hasta diez y seis
años, vestida de camino, tan bizarra, tan hermosa y tan gallarda que a
todos puso en admiración su vista; de suerte que, a no haber visto a
Dorotea y a Luscinda y Zoraida, que en la venta estaban, creyeran que otra
tal hermosura como la desta doncella difícilmente pudiera hallarse. Hallóse
don Quijote al entrar del oidor y de la doncella, y, así como le vio, dijo:

-Seguramente puede vuestra merced entrar y espaciarse en este castillo,
que, aunque es estrecho y mal acomodado, no hay estrecheza ni incomodidad
en el mundo que no dé lugar a las armas y a las letras, y más si las armas
y letras traen por guía y adalid a la fermosura, como la traen las letras
de vuestra merced en esta fermosa doncella, a quien deben no sólo abrirse y
manifestarse los castillos, sino apartarse los riscos, y devidirse y
abajarse las montañas, para dalle acogida. Entre vuestra merced, digo, en
este paraíso, que aquí hallará estrellas y soles que acompañen el cielo que
vuestra merced trae consigo; aquí hallará las armas en su punto y la
hermosura en su estremo.

Admirado quedó el oidor del razonamiento de don Quijote, a quien se puso a
mirar muy de propósito, y no menos le admiraba su talle que sus palabras;
y, sin hallar ningunas con que respondelle, se tornó a admirar de nuevo
cuando vio delante de sí a Luscinda, Dorotea y a Zoraida, que, a las nuevas

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