Don Quijote de la Mancha (Miguel de Cervantes Saavedra) Libros Clásicos

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de los nuevos güéspedes y a las que la ventera les había dado de la
hermosura de la doncella, habían venido a verla y a recebirla. Pero don
Fernando, Cardenio y el cura le hicieron más llanos y más cortesanos
ofrecimientos. En efecto, el señor oidor entró confuso, así de lo que veía
como de lo que escuchaba, y las hermosas de la venta dieron la bienllegada
a la hermosa doncella.

En resolución, bien echó de ver el oidor que era gente principal toda la
que allí estaba; pero el talle, visaje y la apostura de don Quijote le
desatinaba; y, habiendo pasado entre todos corteses ofrecimientos y
tanteado la comodidad de la venta, se ordenó lo que antes estaba ordenado:
que todas las mujeres se entrasen en el camaranchón ya referido, y que los
hombres se quedasen fuera, como en su guarda. Y así, fue contento el oidor
que su hija, que era la doncella, se fuese con aquellas señoras, lo que
ella hizo de muy buena gana. Y con parte de la estrecha cama del ventero, y
con la mitad de la que el oidor traía, se acomodaron aquella noche mejor de
lo que pensaban.

El cautivo, que, desde el punto que vio al oidor, le dio saltos el corazón
y barruntos de que aquél era su hermano, preguntó a uno de los criados que
con él venían que cómo se llamaba y si sabía de qué tierra era. El criado
le respondió que se llamaba el licenciado Juan Pérez de Viedma, y que había
oído decir que era de un lugar de las montañas de León. Con esta relación y
con lo que él había visto se acabó de confirmar de que aquél era su
hermano, que había seguido las letras por consejo de su padre; y,
alborotado y contento, llamando aparte a don Fernando, a Cardenio y al
cura, les contó lo que pasaba, certificándoles que aquel oidor era su
hermano. Habíale dicho también el criado como iba proveído por oidor a las
Indias, en la Audiencia de Méjico. Supo también como aquella doncella era
su hija, de cuyo parto había muerto su madre, y que él había quedado muy
rico con el dote que con la hija se le quedó en casa. Pidióles consejo qué
modo tendría para descubrirse, o para conocer primero si, después de
descubierto, su hermano, por verle pobre, se afrentaba o le recebía con
buenas entrañas.

-Déjeseme a mí el hacer esa experiencia -dijo el cura-; cuanto más, que no
hay pensar sino que vos, señor capitán, seréis muy bien recebido; porque el
valor y prudencia que en su buen parecer descubre vuestro hermano no da
indicios de ser arrogante ni desconocido, ni que no ha de saber poner los

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