Don Quijote de la Mancha (Miguel de Cervantes Saavedra) Libros Clásicos

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casos de la fortuna en su punto.

-Con todo eso -dijo el capitán- yo querría, no de improviso, sino por
rodeos, dármele a conocer.

-Ya os digo -respondió el cura- que yo lo trazaré de modo que todos
quedemos satisfechos.

Ya, en esto, estaba aderezada la cena, y todos se sentaron a la mesa, eceto
el cautivo y las señoras, que cenaron de por sí en su aposento. En la mitad
de la cena dijo el cura:

-Del mesmo nombre de vuestra merced, señor oidor, tuve yo una camarada en
Costantinopla, donde estuve cautivo algunos años; la cual camarada era uno
de los valientes soldados y capitanes que había en toda la infantería
española, pero tanto cuanto tenía de esforzado y valeroso lo tenía de
desdichado.

-Y ¿cómo se llamaba ese capitán, señor mío? -preguntó el oidor.

-Llamábase -respondió el cura- Ruy Pérez de Viedma, y era natural de un
lugar de las montañas de León, el cual me contó un caso que a su padre
con sus hermanos le había sucedido, que, a no contármelo un hombre tan
verdadero como él, lo tuviera por conseja de aquellas que las viejas
cuentan el invierno al fuego. Porque me dijo que su padre había dividido su
hacienda entre tres hijos que tenía, y les había dado ciertos consejos,
mejores que los de Catón. Y sé yo decir que el que él escogió de venir a la
guerra le había sucedido tan bien que en pocos años, por su valor y
esfuerzo, sin otro brazo que el de su mucha virtud, subió a ser capitán de
infantería, y a verse en camino y predicamento de ser presto maestre de
campo. Pero fuele la fortuna contraria, pues donde la pudiera esperar y
tener buena, allí la perdió, con perder la libertad en la felicísima
jornada donde tantos la cobraron, que fue en la batalla de Lepanto. Yo la
perdí en la Goleta, y después, por diferentes sucesos, nos hallamos
camaradas en Costantinopla. Desde allí vino a Argel, donde sé que le
sucedió uno de los más estraños casos que en el mundo han sucedido.

De aquí fue prosiguiendo el cura, y, con brevedad sucinta, contó lo que con
Zoraida a su hermano había sucedido; a todo lo cual estaba tan atento el
oidor, que ninguna vez había sido tan oidor como entonces. Sólo llegó el
cura al punto de cuando los franceses despojaron a los cristianos que en la
barca venían, y la pobreza y necesidad en que su camarada y la hermosa mora
habían quedado; de los cuales no había sabido en qué habían parado, ni si
habían llegado a España, o llevádolos los franceses a Francia.

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