Don Quijote de la Mancha (Miguel de Cervantes Saavedra) Libros Clásicos

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hallarse al renacer de tu alma, y a las bodas, que tanto gusto a todos nos
dieran!

Estas y otras semejantes palabras decía el oidor, lleno de tanta compasión
con las nuevas que de su hermano le habían dado, que todos los que le oían
le acompañaban en dar muestras del sentimiento que tenían de su lástima.

Viendo, pues, el cura que tan bien había salido con su intención y con lo
que deseaba el capitán, no quiso tenerlos a todos más tiempo tristes, y
así, se levantó de la mesa, y, entrando donde estaba Zoraida, la tomó por
la mano, y tras ella se vinieron Luscinda, Dorotea y la hija del oidor.
Estaba esperando el capitán a ver lo que el cura quería hacer, que fue que,
tomándole a él asimesmo de la otra mano, con entrambos a dos se fue donde
el oidor y los demás caballeros estaban, y dijo:

-Cesen, señor oidor, vuestras lágrimas, y cólmese vuestro deseo de todo el
bien que acertare a desearse, pues tenéis delante a vuestro buen hermano y
a vuestra buena cuñada. Éste que aquí veis es el capitán Viedma, y ésta, la
hermosa mora que tanto bien le hizo. Los franceses que os dije los pusieron
en la estrecheza que veis, para que vos mostréis la liberalidad de vuestro
buen pecho.

Acudió el capitán a abrazar a su hermano, y él le puso ambas manos en los
pechos por mirarle algo más apartado; mas, cuando le acabó de conocer, le
abrazó tan estrechamente, derramando tan tiernas lágrimas de contento,que
los más de los que presentes estaban le hubieron de acompañar en ellas. Las
palabras que entrambos hermanos se dijeron, los sentimientos que mostraron,
apenas creo que pueden pensarse, cuanto más escribirse. Allí, en breves
razones, se dieron cuenta de sus sucesos; allí mostraron puesta en su punto
la buena amistad de dos hermanos; allí abrazó el oidor a Zoraida; allí la
ofreció su hacienda; allí hizo que la abrazase su hija; allí la cristiana
hermosa y la mora hermosísima renovaron las lágrimas de todos.

Allí don Quijote estaba atento, sin hablar palabra, considerando estos tan
estraños sucesos, atribuyéndolos todos a quimeras de la andante caballería.
Allí concertaron que el capitán y Zoraida se volviesen con su hermano a
Sevilla y avisasen a su padre de su hallazgo y libertad, para que, como
pudiese, viniese a hallarse en las bodas y bautismo de Zoraida, por no le
ser al oidor posible dejar el camino que llevaba, a causa de tener nuevas
que de allí a un mes partía la flota de Sevilla a la Nueva España, y
fuérale de grande incomodidad perder el viaje.

En resolución, todos quedaron contentos y alegres del buen suceso del

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