Don Quijote de la Mancha (Miguel de Cervantes Saavedra) Libros Clásicos

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darle la mano, dijo:

-Tomad, señora, esa mano, o, por mejor decir, ese verdugo de los
malhechores del mundo; tomad esa mano, digo, a quien no ha tocado otra de
mujer alguna, ni aun la de aquella que tiene entera posesión de todo mi
cuerpo. No os la doy para que la beséis, sino para que miréis la contestura
de sus nervios, la trabazón de sus músculos, la anchura y espaciosidad de
sus venas; de donde sacaréis qué tal debe de ser la fuerza del brazo que
tal mano tiene.

-Ahora lo veremos -dijo Maritornes.

Y, haciendo una lazada corrediza al cabestro, se la echó a la muñeca, y,
bajándose del agujero, ató lo que quedaba al cerrojo de la puerta del pajar
muy fuertemente. Don Quijote, que sintió la aspereza del cordel en su
muñeca, dijo:

-Más parece que vuestra merced me ralla que no que me regala la mano; no la
tratéis tan mal, pues ella no tiene la culpa del mal que mi voluntad os
hace, ni es bien que en tan poca parte venguéis el todo de vuestro enojo.
Mirad que quien quiere bien no se venga tan mal.

Pero todas estas razones de don Quijote ya no las escuchaba nadie, porque,
así como Maritornes le ató, ella y la otra se fueron, muertas de risa, y le
dejaron asido de manera que fue imposible soltarse.

Estaba, pues, como se ha dicho, de pies sobre Rocinante, metido todo el
brazo por el agujero y atado de la muñeca, y al cerrojo de la puerta, con
grandísimo temor y cuidado, que si Rocinante se desviaba a un cabo o a
otro, había de quedar colgado del brazo; y así, no osaba hacer movimiento
alguno, puesto que de la paciencia y quietud de Rocinante bien se podía
esperar que estaría sin moverse un siglo entero.

En resolución, viéndose don Quijote atado, y que ya las damas se habían
ido, se dio a imaginar que todo aquello se hacía por vía de encantamento,
como la vez pasada, cuando en aquel mesmo castillo le molió aquel moro
encantado del arriero; y maldecía entre sí su poca discreción y discurso,
pues, habiendo salido tan mal la vez primera de aquel castillo, se había
aventurado a entrar en él la segunda, siendo advertimiento de caballeros
andantes que, cuando han probado una aventura y no salido bien con ella, es
señal que no está para ellos guardada, sino para otros; y así, no tienen
necesidad de probarla segunda vez. Con todo esto, tiraba de su brazo, por
ver si podía soltarse; mas él estaba tan bien asido, que todas sus pruebas
fueron en vano. Bien es verdad que tiraba con tiento, porque Rocinante no

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