Don Quijote de la Mancha (Miguel de Cervantes Saavedra) Libros Clásicos

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se moviese; y, aunque él quisiera sentarse y ponerse en la silla, no podía
sino estar en pie, o arrancarse la mano.

Allí fue el desear de la espada de Amadís, contra quien no tenía fuerza de
encantamento alguno; allí fue el maldecir de su fortuna; allí fue el
exagerar la falta que haría en el mundo su presencia el tiempo que allí
estuviese encantado, que sin duda alguna se había creído que lo estaba;
allí el acordarse de nuevo de su querida Dulcinea del Toboso; allí fue el
llamar a su buen escudero Sancho Panza, que, sepultado en sueño y tendido
sobre el albarda de su jumento, no se acordaba en aquel instante de la
madre que lo había parido; allí llamó a los sabios Lirgandeo y Alquife, que
le ayudasen; allí invocó a su buena amiga Urganda, que le socorriese, y,
finalmente, allí le tomó la mañana, tan desesperado y confuso que bramaba
como un toro; porque no esperaba él que con el día se remediara su cuita,
porque la tenía por eterna, teniéndose por encantado. Y hacíale creer esto
ver que Rocinante poco ni mucho se movía, y creía que de aquella suerte,
sin comer ni beber ni dormir, habían de estar él y su caballo, hasta que
aquel mal influjo de las estrellas se pasase, o hasta que otro más sabio
encantador le desencantase.

Pero engañóse mucho en su creencia, porque, apenas comenzó a amanecer,
cuando llegaron a la venta cuatro hombres de a caballo, muy bien puestos y
aderezados, con sus escopetas sobre los arzones. Llamaron a la puerta de la
venta, que aún estaba cerrada, con grandes golpes; lo cual, visto por don
Quijote desde donde aún no dejaba de hacer la centinela, con voz arrogante
y alta dijo:

-Caballeros, o escuderos, o quienquiera que seáis: no tenéis para qué
llamar a las puertas deste castillo; que asaz de claro está que a tales
horas, o los que están dentro duermen, o no tienen por costumbre de abrirse
las fortalezas hasta que el sol esté tendido por todo el suelo. Desviaos
afuera, y esperad que aclare el día, y entonces veremos si será justo o no
que os abran.

-¿Qué diablos de fortaleza o castillo es éste -dijo uno-, para obligarnos a
guardar esas ceremonias? Si sois el ventero, mandad que nos abran, que
somos caminantes que no queremos más de dar cebada a nuestras cabalgaduras
y pasar adelante, porque vamos de priesa.

-¿Paréceos, caballeros, que tengo yo talle de ventero? -respondió don
Quijote.

-No sé de qué tenéis talle -respondió el otro-, pero sé que decís
disparates en llamar castillo a esta venta.

-Castillo es -replicó don Quijote-, y aun de los mejores de toda esta

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