Don Quijote de la Mancha (Miguel de Cervantes Saavedra) Libros Clásicos

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Quijote sostenía, y él dio luego en el suelo, a vista del ventero y de los
caminantes, que, llegándose a él, le preguntaron qué tenía, que tales voces
daba. Él, sin responder palabra, se quitó el cordel de la muñeca, y,
levantándose en pie, subió sobre Rocinante, embrazó su adarga, enristró su
lanzón, y, tomando buena parte del campo, volvió a medio galope, diciendo:

-Cualquiera que dijere que yo he sido con justo título encantado, como mi
señora la princesa Micomicona me dé licencia para ello, yo le desmiento, le
rieto y desafío a singular batalla.

Admirados se quedaron los nuevos caminantes de las palabras de don Quijote,
pero el ventero les quitó de aquella admiración, diciéndoles que era don
Quijote, y que no había que hacer caso dél, porque estaba fuera de juicio.

Preguntáronle al ventero si acaso había llegado a aquella venta un muchacho
de hasta edad de quince años, que venía vestido como mozo de mulas, de
tales y tales señas, dando las mesmas que traía el amante de doña Clara. El
ventero respondió que había tanta gente en la venta, que no había echado de
ver en el que preguntaban. Pero, habiendo visto uno dellos el coche donde
había venido el oidor, dijo:

-Aquí debe de estar sin duda, porque éste es el coche que él dicen que
sigue; quédese uno de nosotros a la puerta y entren los demás a buscarle; y
aun sería bien que uno de nosotros rodease toda la venta, porque no se
fuese por las bardas de los corrales.

-Así se hará -respondió uno dellos.

Y, entrándose los dos dentro, uno se quedó a la puerta y el otro se fue a
rodear la venta; todo lo cual veía el ventero, y no sabía atinar para qué
se hacían aquellas diligencias, puesto que bien creyó que buscaban aquel
mozo cuyas señas le habían dado.

Ya a esta sazón aclaraba el día; y, así por esto como por el ruido que don
Quijote había hecho, estaban todos despiertos y se levantaban,
especialmente doña Clara y Dorotea, que la una con sobresalto de tener tan
cerca a su amante, y la otra con el deseo de verle, habían podido dormir
bien mal aquella noche. Don Quijote, que vio que ninguno de los cuatro
caminantes hacía caso dél, ni le respondían a su demanda, moría y rabiaba
de despecho y saña; y si él hallara en las ordenanzas de su caballería que
lícitamente podía el caballero andante tomar y emprender otra empresa,
habiendo dado su palabra y fe de no ponerse en ninguna hasta acabar la que
había prometido, él embistiera con todos, y les hiciera responder mal de su

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