Don Quijote de la Mancha (Miguel de Cervantes Saavedra) Libros Clásicos

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indecente a su calidad como vuestra merced puede ver?

Miróle entonces el oidor más atentamente y conocióle; y, abrazándole, dijo:

-¿Qué niñerías son éstas, señor don Luis, o qué causas tan poderosas, que
os hayan movido a venir desta manera, y en este traje, que dice tan mal con
la calidad vuestra?

Al mozo se le vinieron las lágrimas a los ojos, y no pudo responder
palabra. El oidor dijo a los cuatro que se sosegasen, que todo se haría
bien; y, tomando por la mano a don Luis, le apartó a una parte y le
preguntó qué venida había sido aquélla.

Y, en tanto que le hacía esta y otras preguntas, oyeron grandes voces a la
puerta de la venta, y era la causa dellas que dos huéspedes que aquella
noche habían alojado en ella, viendo a toda la gente ocupada en saber lo
que los cuatro buscaban, habían intentado a irse sin pagar lo que debían;
mas el ventero, que atendía más a su negocio que a los ajenos, les asió al
salir de la puerta y pidió su paga, y les afeó su mala intención con tales
palabras, que les movió a que le respondiesen con los puños; y así, le
comenzaron a dar tal mano, que el pobre ventero tuvo necesidad de dar voces
y pedir socorro. La ventera y su hija no vieron a otro más desocupado para
poder socorrerle que a don Quijote, a quien la hija de la ventera dijo:

-Socorra vuestra merced, señor caballero, por la virtud que Dios le dio, a
mi pobre padre, que dos malos hombres le están moliendo como a cibera.

A lo cual respondió don Quijote, muy de espacio y con mucha flema:

-Fermosa doncella, no ha lugar por ahora vuestra petición, porque estoy
impedido de entremeterme en otra aventura en tanto que no diere cima a una
en que mi palabra me ha puesto. Mas lo que yo podré hacer por serviros es
lo que ahora diré: corred y decid a vuestro padre que se entretenga en esa
batalla lo mejor que pudiere, y que no se deje vencer en ningún modo, en
tanto que yo pido licencia a la princesa Micomicona para poder socorrerle
en su cuita; que si ella me la da, tened por cierto que yo le sacaré della.

-¡Pecadora de mí! -dijo a esto Maritornes, que estaba delante-: primero que
vuestra merced alcance esa licencia que dice, estará ya mi señor en el otro
mundo.

-Dadme vos, señora, que yo alcance la licencia que digo -respondió don
Quijote-; que, como yo la tenga, poco hará al caso que él esté en el otro

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