Don Quijote de la Mancha (Miguel de Cervantes Saavedra) Libros Clásicos

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a la venta, que tenían parecer de ser cuadrilleros, como, en efeto, lo
eran. Pero el que más se desesperaba era el barbero, cuya bacía, allí
delante de sus ojos, se le había vuelto en yelmo de Mambrino, y cuya
albarda pensaba sin duda alguna que se le había de volver en jaez rico de
caballo; y los unos y los otros se reían de ver cómo andaba don Fernando
tomando los votos de unos en otros, hablándolos al oído para que en secreto
declarasen si era albarda o jaez aquella joya sobre quien tanto se había
peleado. Y, después que hubo tomado los votos de aquellos que a don Quijote
conocían, dijo en alta voz:

-El caso es, buen hombre, que ya yo estoy cansado de tomar tantos
pareceres, porque veo que a ninguno pregunto lo que deseo saber que no me
diga que es disparate el decir que ésta sea albarda de jumento, sino jaez
de caballo, y aun de caballo castizo; y así, habréis de tener paciencia,
porque, a vuestro pesar y al de vuestro asno, éste es jaez y no albarda, y
vos habéis alegado y probado muy mal de vuestra parte.

-No la tenga yo en el cielo -dijo el sobrebarbero- si todos vuestras
mercedes no se engañan, y que así parezca mi ánima ante Dios como ella me
parece a mí albarda, y no jaez; pero allá van leyes..., etcétera; y no digo
más; y en verdad que no estoy borracho: que no me he desayunado, si de
pecar no.

No menos causaban risa las necedades que decía el barbero que los
disparates de don Quijote, el cual a esta sazón dijo:

-Aquí no hay más que hacer, sino que cada uno tome lo que es suyo, y a
quien Dios se la dio, San Pedro se la bendiga.

Uno de los cuatro dijo:

-Si ya no es que esto sea burla pesada, no me puedo persuadir que hombres
de tan buen entendimiento como son, o parecen, todos los que aquí están, se
atrevan a decir y afirmar que ésta no es bacía, ni aquélla albarda; mas,
como veo que lo afirman y lo dicen, me doy a entender que no carece de
misterio el porfiar una cosa tan contraria de lo que nos muestra la misma
verdad y la misma experiencia; porque, ¡voto a tal! -y arrojóle redondo-,
que no me den a mí a entender cuantos hoy viven en el mundo al revés de que
ésta no sea bacía de barbero y ésta albarda de asno.

-Bien podría ser de borrica -dijo el cura.

-Tanto monta -dijo el criado-, que el caso no consiste en eso, sino en si

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