Don Quijote de la Mancha (Miguel de Cervantes Saavedra) Libros Clásicos

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un son de una suave y concertada música formado, con que Sancho se alegró,
y lo tuvo a buena señal; y así, dijo a la duquesa, de quien un punto ni un
paso se apartaba:

-Señora, donde hay música no puede haber cosa mala.

-Tampoco donde hay luces y claridad -respondió la duquesa.

A lo que replicó Sancho:

-Luz da el fuego y claridad las hogueras, como lo vemos en las que nos
cercan, y bien podría ser que nos abrasasen, pero la música siempre es
indicio de regocijos y de fiestas.

-Ello dirá -dijo don Quijote, que todo lo escuchaba.

Y dijo bien, como se muestra en el capítulo siguiente.





Capítulo XXXV. Donde se prosigue la noticia que tuvo don Quijote del
desencanto de Dulcinea, con otros admirables sucesos


Al compás de la agradable música vieron que hacia ellos venía un carro de
los que llaman triunfales tirado de seis mulas pardas, encubertadas,
empero, de lienzo blanco, y sobre cada una venía un diciplinante de luz,
asimesmo vestido de blanco, con una hacha de cera grande encendida en la
mano. Era el carro dos veces, y aun tres, mayor que los pasados, y los
lados, y encima dél, ocupaban doce otros diciplinantes albos como la nieve,
todos con sus hachas encendidas, vista que admiraba y espantaba juntamente;
y en un levantado trono venía sentada una ninfa, vestida de mil velos de
tela de plata, brillando por todos ellos infinitas hojas de argentería de
oro, que la hacían, si no rica, a lo menos vistosamente vestida. Traía el
rostro cubierto con un transparente y delicado cendal, de modo que, sin
impedirlo sus lizos, por entre ellos se descubría un hermosísimo rostro de
doncella, y las muchas luces daban lugar para distinguir la belleza y los
años, que, al parecer, no llegaban a veinte ni bajaban de diez y siete.

Junto a ella venía una figura vestida de una ropa de las que llaman
rozagantes, hasta los pies, cubierta la cabeza con un velo negro; pero, al
punto que llegó el carro a estar frente a frente de los duques y de don
Quijote, cesó la música de las chirimías, y luego la de las arpas y laúdes
que en el carro sonaban; y, levantándose en pie la figura de la ropa, la
apartó a entrambos lados, y, quitándose el velo del rostro, descubrió
patentemente ser la mesma figura de la muerte, descarnada y fea, de que don
Quijote recibió pesadumbre y Sancho miedo, y los duques hicieron algún
sentimiento temeroso. Alzada y puesta en pie esta muerte viva, con voz algo
dormida y con lengua no muy despierta, comenzó a decir desta manera:

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