Don Quijote de la Mancha (Miguel de Cervantes Saavedra) Libros Clásicos

Página 752 de 838

desensillado Rocinante: vamos a poner en efecto mi ofrecimiento, que, con
la razón que va de mi parte, puedes dar por vencidos a todos cuantos
quisieren contradecirla.

Y, con gran furia y muestras de enojo, se levantó de la silla, dejando
admirados a los circunstantes, haciéndoles dudar si le podían tener por
loco o por cuerdo. Finalmente, habiéndole persuadido que no se pusiese en
tal demanda, que ellos daban por bien conocida su agradecida voluntad y que
no eran menester nuevas demostraciones para conocer su ánimo valeroso, pues
bastaban las que en la historia de sus hechos se referían, con todo esto,
salió don Quijote con su intención; y, puesto sobre Rocinante, embrazando
su escudo y tomando su lanza, se puso en la mitad de un real camino que no
lejos del verde prado estaba. Siguióle Sancho sobre su rucio, con toda la
gente del pastoral rebaño, deseosos de ver en qué paraba su arrogante y
nunca visto ofrecimiento.

Puesto, pues, don Quijote en mitad del camino -como os he dicho-, hirió el
aire con semejantes palabras:

-¡Oh vosotros, pasajeros y viandantes, caballeros, escuderos, gente de a
pie y de a caballo que por este camino pasáis, o habéis de pasar en estos
dos días siguientes! Sabed que don Quijote de la Mancha, caballero andante,
está aquí puesto para defender que a todas las hermosuras y cortesías del
mundo exceden las que se encierran en las ninfas habitadoras destos prados
y bosques, dejando a un lado a la señora de mi alma Dulcinea del Toboso.
Por eso, el que fuere de parecer contrario, acuda, que aquí le espero.

Dos veces repitió estas mismas razones, y dos veces no fueron oídas de
ningún aventurero; pero la suerte, que sus cosas iba encaminando de mejor
en mejor, ordenó que de allí a poco se descubriese por el camino
muchedumbre de hombres de a caballo, y muchos dellos con lanzas en las
manos, caminando todos apiñados, de tropel y a gran priesa. No los hubieron
bien visto los que con don Quijote estaban, cuando, volviendo las espaldas,
se apartaron bien lejos del camino, porque conocieron que si esperaban les
podía suceder algún peligro; sólo don Quijote, con intrépido corazón, se
estuvo quedo, y Sancho Panza se escudó con las ancas de Rocinante.

Llegó el tropel de los lanceros, y uno dellos, que venía más delante, a
grandes voces comenzó a decir a don Quijote:

-¡Apártate, hombre del diablo, del camino, que te harán pedazos estos
toros!

-¡Ea, canalla -respondió don Quijote-, para mí no hay toros que valgan,
aunque sean de los más bravos que cría Jarama en sus riberas! Confesad,
malandrines, así a carga cerrada, que es verdad lo que yo aquí he

Página 752 de 838
 


Grupo de Paginas:                                     

Compartir:




Diccionario: