Don Quijote de la Mancha (Miguel de Cervantes Saavedra) Libros Clásicos

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hasta donde quisiese, y de defender a su padre de los parientes y de todo
el mundo, si ofenderle quisiese. No quiso su compañía Claudia, en ninguna
manera, y, agradeciendo sus ofrecimientos con las mejores razones que supo,
se despedió dél llorando. Los criados de don Vicente llevaron su cuerpo, y
Roque se volvió a los suyos, y este fin tuvieron los amores de Claudia
Jerónima. Pero, ¿qué mucho, si tejieron la trama de su lamentable historia
las fuerzas invencibles y rigurosas de los celos?

Halló Roque Guinart a sus escuderos en la parte donde les había ordenado, y
a don Quijote entre ellos, sobre Rocinante, haciéndoles una plática en que
les persuadía dejasen aquel modo de vivir tan peligroso, así para el alma
como para el cuerpo; pero, como los más eran gascones, gente rústica y
desbaratada, no les entraba bien la plática de don Quijote. Llegado que fue
Roque, preguntó a Sancho Panza si le habían vuelto y restituido las alhajas
y preseas que los suyos del rucio le habían quitado. Sancho respondió que
sí, sino que le faltaban tres tocadores, que valían tres ciudades.

-¿Qué es lo que dices, hombre? -dijo uno de los presentes-, que yo los
tengo, y no valen tres reales.

-Así es -dijo don Quijote-, pero estímalos mi escudero en lo que ha dicho,
por habérmelos dado quien me los dio.

Mandóselos volver al punto Roque Guinart, y, mandando poner los suyos en
ala, mandó traer allí delante todos los vestidos, joyas, y dineros, y todo
aquello que desde la última repartición habían robado; y, haciendo
brevemente el tanteo, volviendo lo no repartible y reduciéndolo a dineros,
lo repartió por toda su compañía, con tanta legalidad y prudencia que no
pasó un punto ni defraudó nada de la justicia distributiva. Hecho esto, con
lo cual todos quedaron contentos, satisfechos y pagados, dijo Roque a don
Quijote:

-Si no se guardase esta puntualidad con éstos, no se podría vivir con
ellos.

A lo que dijo Sancho:

-Según lo que aquí he visto, es tan buena la justicia, que es necesaria que
se use aun entre los mesmos ladrones.

Oyólo un escudero, y enarboló el mocho de un arcabuz, con el cual, sin
duda, le abriera la cabeza a Sancho, si Roque Guinart no le diera voces que
se detuviese. Pasmóse Sancho, y propuso de no descoser los labios en tanto
que entre aquella gente estuviese.

Llegó, en esto, uno o algunos de aquellos escuderos que estaban puestos por
centinelas por los caminos para ver la gente que por ellos venía y dar
aviso a su mayor de lo que pasaba, y éste dijo:

-Señor, no lejos de aquí, por el camino que va a Barcelona, viene un gran

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