Don Quijote de la Mancha (Miguel de Cervantes Saavedra) Libros Clásicos

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trágico suceso de Claudia Jerónima, de que le pesó en estremo a Sancho, que
no le había parecido mal la belleza, desenvoltura y brío de la moza.

Llegaron, en esto, los escuderos de la presa, trayendo consigo dos
caballeros a caballo, y dos peregrinos a pie, y un coche de mujeres con
hasta seis criados, que a pie y a caballo las acompañaban, con otros dos
mozos de mulas que los caballeros traían. Cogiéronlos los escuderos en
medio, guardando vencidos y vencedores gran silencio, esperando a que el
gran Roque Guinart hablase, el cual preguntó a los caballeros que quién
eran y adónde iban, y qué dinero llevaban. Uno dellos le respondió:

-Señor, nosotros somos dos capitanes de infantería española; tenemos
nuestras compañías en Nápoles y vamos a embarcarnos en cuatro galeras, que
dicen están en Barcelona con orden de pasar a Sicilia; llevamos hasta
docientos o trecientos escudos, con que, a nuestro parecer, vamos ricos y
contentos, pues la estrecheza ordinaria de los soldados no permite mayores
tesoros.

Preguntó Roque a los peregrinos lo mesmo que a los capitanes; fuele
respondido que iban a embarcarse para pasar a Roma, y que entre entrambos
podían llevar hasta sesenta reales. Quiso saber también quién iba en el
coche, y adónde, y el dinero que llevaban; y uno de los de a caballo dijo:

-Mi señora doña Guiomar de Quiñones, mujer del regente de la Vicaría de
Nápoles, con una hija pequeña, una doncella y una dueña, son las que van en
el coche; acompañámosla seis criados, y los dineros son seiscientos
escudos.

-De modo -dijo Roque Guinart-, que ya tenemos aquí novecientos escudos y
sesenta reales; mis soldados deben de ser hasta sesenta; mírese a cómo le
cabe a cada uno, porque yo soy mal contador.

Oyendo decir esto los salteadores, levantaron la voz, diciendo:

-¡Viva Roque Guinart muchos años, a pesar de los lladres que su perdición
procuran!

Mostraron afligirse los capitanes, entristecióse la señora regenta, y no se
holgaron nada los peregrinos, viendo la confiscación de sus bienes. Túvolos
así un rato suspensos Roque, pero no quiso que pasase adelante su tristeza,
que ya se podía conocer a tiro de arcabuz, y, volviéndose a los capitanes,
dijo:

-Vuesas mercedes, señores capitanes, por cortesía, sean servidos de
prestarme sesenta escudos, y la señora regenta ochenta, para contentar
esta escuadra que me acompaña, porque el abad, de lo que canta yanta, y
luego puédense ir su camino libre y desembarazadamente, con un salvoconduto
que yo les daré, para que, si toparen otras de algunas escuadras mías que
tengo divididas por estos contornos, no les hagan daño; que no es mi
intención de agraviar a soldados ni a mujer alguna, especialmente a las que

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