Don Quijote de la Mancha (Miguel de Cervantes Saavedra) Libros Clásicos

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venían a verle, y como leían: Éste es don Quijote de la Mancha, admirábase
don Quijote de ver que cuantos le miraban le nombraban y conocían; y,
volviéndose a don Antonio, que iba a su lado, le dijo:

-Grande es la prerrogativa que encierra en sí la andante caballería, pues
hace conocido y famoso al que la profesa por todos los términos de la
tierra; si no, mire vuestra merced, señor don Antonio, que hasta los
muchachos desta ciudad, sin nunca haberme visto, me conocen.

-Así es, señor don Quijote -respondió don Antonio-, que, así como el fuego
no puede estar escondido y encerrado, la virtud no puede dejar de ser
conocida, y la que se alcanza por la profesión de las armas resplandece y
campea sobre todas las otras.

Acaeció, pues, que, yendo don Quijote con el aplauso que se ha dicho, un
castellano que leyó el rétulo de las espaldas, alzó la voz, diciendo:

-¡Válgate el diablo por don Quijote de la Mancha! ¿Cómo que hasta aquí has
llegado, sin haberte muerto los infinitos palos que tienes a cuestas? Tu
eres loco, y si lo fueras a solas y dentro de las puertas de tu locura,
fuera menos mal; pero tienes propiedad de volver locos y mentecatos a
cuantos te tratan y comunican; si no, mírenlo por estos señores que te
acompañan. Vuélvete, mentecato, a tu casa, y mira por tu hacienda, por tu
mujer y tus hijos, y déjate destas vaciedades que te carcomen el seso y te
desnatan el entendimiento.

-Hermano -dijo don Antonio-, seguid vuestro camino, y no deis consejos a
quien no os los pide. El señor don Quijote de la Mancha es muy cuerdo, y
nosotros, que le acompañamos, no somos necios; la virtud se ha de honrar
dondequiera que se hallare, y andad en hora mala, y no os metáis donde no
os llaman.

-Pardiez, vuesa merced tiene razón -respondió el castellano-, que aconsejar
a este buen hombre es dar coces contra el aguijón; pero, con todo eso, me
da muy gran lástima que el buen ingenio que dicen que tiene en todas las
cosas este mentecato se le desagüe por la canal de su andante caballería; y
la enhoramala que vuesa merced dijo, sea para mí y para todos mis
descendientes si de hoy más, aunque viviese más años que Matusalén, diere
consejo a nadie, aunque me lo pida.

Apartóse el consejero; siguió adelante el paseo; pero fue tanta la priesa
que los muchachos y toda la gente tenía leyendo el rétulo, que se le hubo
de quitar don Antonio, como que le quitaba otra cosa.

Llegó la noche, volviéronse a casa; hubo sarao de damas, porque la mujer de

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