Don Quijote de la Mancha (Miguel de Cervantes Saavedra) Libros Clásicos

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otra cosa: con tal traza y tal orden estaba fabricada.

El primero que se llegó al oído de la cabeza fue el mismo don Antonio, y
díjole en voz sumisa, pero no tanto que de todos no fuese entendida:

-Dime, cabeza, por la virtud que en ti se encierra: ¿qué pensamientos tengo
yo agora?

Y la cabeza le respondió, sin mover los labios, con voz clara y distinta,
de modo que fue de todos entendida, esta razón:

-Yo no juzgo de pensamientos.

Oyendo lo cual, todos quedaron atónitos, y más viendo que en todo el
aposento ni al derredor de la mesa no había persona humana que responder
pudiese.

-¿Cuántos estamos aquí? -tornó a preguntar don Antonio.

Y fuele respondido por el propio tenor, paso:

-Estáis tú y tu mujer, con dos amigos tuyos, y dos amigas della, y un
caballero famoso llamado don Quijote de la Mancha, y un su escudero que
Sancho Panza tiene por nombre.

¡Aquí sí que fue el admirarse de nuevo, aquí sí que fue el erizarse los
cabellos a todos de puro espanto! Y, apartándose don Antonio de la cabeza,
dijo:

-Esto me basta para darme a entender que no fui engañado del que te me
vendió, ¡cabeza sabia, cabeza habladora, cabeza respondona y admirable
cabeza! Llegue otro y pregúntele lo que quisiere.

Y, como las mujeres de ordinario son presurosas y amigas de saber, la
primera que se llegó fue una de las dos amigas de la mujer de don Antonio,
y lo que le preguntó fue:

-Dime, cabeza, ¿qué haré yo para ser muy hermosa?

Y fuele respondido:

-Sé muy honesta.

-No te pregunto más -dijo la preguntanta.

Llegó luego la compañera, y dijo:

-Querría saber, cabeza, si mi marido me quiere bien, o no.

Y respondiéronle:

-Mira las obras que te hace, y echarlo has de ver.

Apartóse la casada diciendo:

-Esta respuesta no tenía necesidad de pregunta, porque, en efecto, las
obras que se hacen declaran la voluntad que tiene el que las hace.

Luego llegó uno de los dos amigos de don Antonio, y preguntóle:

-¿Quién soy yo?

Y fuele respondido:

-Tú lo sabes.

-No te pregunto eso -respondió el caballero-, sino que me digas si me
conoces tú.

-Sí conozco -le respondieron-, que eres don Pedro Noriz.

-No quiero saber más, pues esto basta para entender, ¡oh cabeza!, que lo
sabes todo.

Y, apartándose, llegó el otro amigo y preguntóle:

-Dime, cabeza, ¿qué deseos tiene mi hijo el mayorazgo?

-Ya yo he dicho -le respondieron- que yo no juzgo de deseos, pero, con todo

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