Don Quijote de la Mancha (Miguel de Cervantes Saavedra) Libros Clásicos

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en crujía, y dio señal con el pito que la chusma hiciese fuera ropa, que se
hizo en un instante. Sancho, que vio tanta gente en cueros, quedó pasmado,
y más cuando vio hacer tienda con tanta priesa, que a él le pareció que
todos los diablos andaban allí trabajando; pero esto todo fueron tortas y
pan pintado para lo que ahora diré. Estaba Sancho sentado sobre el
estanterol, junto al espalder de la mano derecha, el cual ya avisado de lo
que había de hacer, asió de Sancho, y, levantándole en los brazos, toda la
chusma puesta en pie y alerta, comenzando de la derecha banda, le fue dando
y volteando sobre los brazos de la chusma de banco en banco, con tanta
priesa, que el pobre Sancho perdió la vista de los ojos, y sin duda pensó
que los mismos demonios le llevaban, y no pararon con él hasta volverle por
la siniestra banda y ponerle en la popa. Quedó el pobre molido, y jadeando,
y trasudando, sin poder imaginar qué fue lo que sucedido le había.

Don Quijote, que vio el vuelo sin alas de Sancho, preguntó al general si
eran ceremonias aquéllas que se usaban con los primeros que entraban en las
galeras; porque si acaso lo fuese, él, que no tenía intención de profesar
en ellas, no quería hacer semejantes ejercicios, y que votaba a Dios que,
si alguno llegaba a asirle para voltearle, que le había de sacar el alma a
puntillazos; y, diciendo esto, se levantó en pie y empuñó la espada.

A este instante abatieron tienda, y con grandísimo ruido dejaron caer la
entena de alto abajo. Pensó Sancho que el cielo se desencajaba de sus
quicios y venía a dar sobre su cabeza; y, agobiándola, lleno de miedo, la
puso entre las piernas. No las tuvo todas consigo don Quijote; que también
se estremeció y encogió de hombros y perdió la color del rostro. La chusma
izó la entena con la misma priesa y ruido que la habían amainado, y todo
esto, callando, como si no tuvieran voz ni aliento. Hizo señal el cómitre
que zarpasen el ferro, y, saltando en mitad de la crujía con el corbacho o
rebenque, comenzó a mosquear las espaldas de la chusma, y a largarse poco a
poco a la mar. Cuando Sancho vio a una moverse tantos pies colorados, que
tales pensó él que eran los remos, dijo entre sí:

-Éstas sí son verdaderamente cosas encantadas, y no las que mi amo dice.
¿Qué han hecho estos desdichados, que ansí los azotan, y cómo este hombre
solo, que anda por aquí silbando, tiene atrevimiento para azotar a tanta
gente? Ahora yo digo que éste es infierno, o, por lo menos, el purgatorio.

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