Don Quijote de la Mancha (Miguel de Cervantes Saavedra) Libros Clásicos

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Don Quijote, que vio la atención con que Sancho miraba lo que pasaba, le
dijo:

-¡Ah Sancho amigo, y con qué brevedad y cuán a poca costa os podíades vos,
si quisiésedes, desnudar de medio cuerpo arriba, y poneros entre estos
señores, y acabar con el desencanto de Dulcinea! Pues con la miseria y pena
de tantos, no sentiríades vos mucho la vuestra; y más, que podría ser que
el sabio Merlín tomase en cuenta cada azote déstos, por ser dados de buena
mano, por diez de los que vos finalmente os habéis de dar.

Preguntar quería el general qué azotes eran aquéllos, o qué desencanto de
Dulcinea, cuando dijo el marinero:

-Señal hace Monjuí de que hay bajel de remos en la costa por la banda del
poniente.

Esto oído, saltó el general en la crujía, y dijo:

-¡Ea hijos, no se nos vaya! Algún bergantín de cosarios de Argel debe de
ser éste que la atalaya nos señala.

Llegáronse luego las otras tres galeras a la capitana, a saber lo que se
les ordenaba. Mandó el general que las dos saliesen a la mar, y él con la
otra iría tierra a tierra, porque ansí el bajel no se les escaparía. Apretó
la chusma los remos, impeliendo las galeras con tanta furia, que parecía
que volaban. Las que salieron a la mar, a obra de dos millas descubrieron
un bajel, que con la vista le marcaron por de hasta catorce o quince
bancos, y así era la verdad; el cual bajel, cuando descubrió las galeras,
se puso en caza, con intención y esperanza de escaparse por su ligereza;
pero avínole mal, porque la galera capitana era de los más ligeros bajeles
que en la mar navegaban, y así le fue entrando, que claramente los del
bergantín conocieron que no podían escaparse; y así, el arráez quisiera que
dejaran los remos y se entregaran, por no irritar a enojo al capitán que
nuestras galeras regía. Pero la suerte, que de otra manera lo guiaba,
ordenó que, ya que la capitana llegaba tan cerca que podían los del bajel
oír las voces que desde ella les decían que se rindiesen, dos toraquís, que
es como decir dos turcos borrachos, que en el bergantín venían con estos
doce, dispararon dos escopetas, con que dieron muerte a dos soldados que
sobre nuestras arrumbadas venían. Viendo lo cual, juró el general de no
dejar con vida a todos cuantos en el bajel tomase, y, llegando a embestir
con toda furia, se le escapó por debajo de la palamenta. Pasó la galera
adelante un buen trecho; los del bajel se vieron perdidos, hicieron vela en
tanto que la galera volvía, y de nuevo, a vela y a remo, se pusieron en

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