Don Quijote de la Mancha (Miguel de Cervantes Saavedra) Libros Clásicos

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Dejó
encerradas y enterradas, en una parte de quien yo sola tengo noticia,
muchas perlas y piedras de gran valor, con algunos dineros en cruzados y
doblones de oro. Mandóme que no tocase al tesoro que dejaba en ninguna
manera, si acaso antes que él volviese nos desterraban. Hícelo así, y con
mis tíos, como tengo dicho, y otros parientes y allegados pasamos a
Berbería; y el lugar donde hicimos asiento fue en Argel, como si le
hiciéramos en el mismo infierno. Tuvo noticia el rey de mi hermosura, y la
fama se la dio de mis riquezas, que, en parte, fue ventura mía. Llamóme
ante sí, preguntóme de qué parte de España era y qué dineros y qué joyas
traía. Díjele el lugar, y que las joyas y dineros quedaban en él
enterrados, pero que con facilidad se podrían cobrar si yo misma volviese
por ellos. Todo esto le dije, temerosa de que no le cegase mi hermosura,
sino su codicia. Estando conmigo en estas pláticas, le llegaron a decir
cómo venía conmigo uno de los más gallardos y hermosos mancebos que se
podía imaginar. Luego entendí que lo decían por don Gaspar Gregorio, cuya
belleza se deja atrás las mayores que encarecer se pueden. Turbéme,
considerando el peligro que don Gregorio corría, porque entre aquellos
bárbaros turcos en más se tiene y estima un mochacho o mancebo hermoso que
una mujer, por bellísima que sea. Mandó luego el rey que se le trujesen
allí delante para verle, y preguntóme si era verdad lo que de aquel mozo le
decían. Entonces yo, casi como prevenida del cielo, le dije que sí era;
pero que le hacía saber que no era varón, sino mujer como yo, y que le
suplicaba me la dejase ir a vestir en su natural traje, para que de todo en
todo mostrase su belleza y con menos empacho pareciese ante su presencia.
Díjome que fuese en buena hora, y que otro día hablaríamos en el modo que
se podía tener para que yo volviese a España a sacar el escondido tesoro.
Hablé con don Gaspar, contéle el peligro que corría el mostrar ser hombre;
vestíle de mora, y aquella mesma tarde le truje a la presencia del rey, el
cual, en viéndole, quedó admirado y hizo disignio de guardarla para hacer
presente della al Gran Señor; y, por huir del peligro que en el serrallo de
sus mujeres podía tener y temer de sí mismo, la mandó poner en casa de unas
principales moras que la guardasen y la sirviesen, adonde le llevaron
luego. Lo que los dos sentimos (que no puedo negar que no le quiero) se
deje a la consideración de los que se apartan si bien se quieren.

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