Don Quijote de la Mancha (Miguel de Cervantes Saavedra) Libros Clásicos

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Pedro se la bendiga.

Habían descubierto de la ciudad al Caballero de la Blanca Luna, y díchoselo
al visorrey que estaba hablando con don Quijote de la Mancha. El visorrey,
creyendo sería alguna nueva aventura fabricada por don Antonio Moreno, o
por otro algún caballero de la ciudad, salió luego a la playa con don
Antonio y con otros muchos caballeros que le acompañaban, a tiempo cuando
don Quijote volvía las riendas a Rocinante para tomar del campo lo
necesario.

Viendo, pues, el visorrey que daban los dos señales de volverse a
encontrar, se puso en medio, preguntándoles qué era la causa que les movía
a hacer tan de improviso batalla. El Caballero de la Blanca Luna respondió
que era precedencia de hermosura, y en breves razones le dijo las mismas
que había dicho a don Quijote, con la acetación de las condiciones del
desafío hechas por entrambas partes. Llegóse el visorrey a don Antonio, y
preguntóle paso si sabía quién era el tal Caballero de la Blanca Luna, o si
era alguna burla que querían hacer a don Quijote. Don Antonio le respondió
que ni sabía quién era, ni si era de burlas ni de veras el tal desafío.
Esta respuesta tuvo perplejo al visorrey en si les dejaría o no pasar
adelante en la batalla; pero, no pudiéndose persuadir a que fuese sino
burla, se apartó diciendo:

-Señores caballeros, si aquí no hay otro remedio sino confesar o morir, y
el señor don Quijote está en sus trece y vuestra merced el de la Blanca
Luna en sus catorce, a la mano de Dios, y dense.

Agradeció el de la Blanca Luna con corteses y discretas razones al visorrey
la licencia que se les daba, y don Quijote hizo lo mesmo; el cual,
encomendándose al cielo de todo corazón y a su Dulcinea -como tenía de
costumbre al comenzar de las batallas que se le ofrecían-, tornó a tomar
otro poco más del campo, porque vio que su contrario hacía lo mesmo, y, sin
tocar trompeta ni otro instrumento bélico que les diese señal de arremeter,
volvieron entrambos a un mesmo punto las riendas a sus caballos; y, como
era más ligero el de la Blanca Luna, llegó a don Quijote a dos tercios
andados de la carrera, y allí le encontró con tan poderosa fuerza, sin
tocarle con la lanza (que la levantó, al parecer, de propósito), que dio
con Rocinante y con don Quijote por el suelo una peligrosa caída. Fue luego
sobre él, y, poniéndole la lanza sobre la visera, le dijo:

-Vencido sois, caballero, y aun muerto, si no confesáis las condiciones de
nuestro desafío.

Don Quijote, molido y aturdido, sin alzarse la visera, como si hablara

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