Don Quijote de la Mancha (Miguel de Cervantes Saavedra) Libros Clásicos

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pusiese en camino. Hubo lágrimas, hubo suspiros, desmayos y sollozos al
despedirse don Gregorio de Ana Félix. Ofrecióle Ricote a don Gregorio mil
escudos, si los quería; pero él no tomó ninguno, sino solos cinco que le
prestó don Antonio, prometiendo la paga dellos en la corte. Con esto, se
partieron los dos, y don Quijote y Sancho después, como se ha dicho: don
Quijote desarmado y de camino, Sancho a pie, por ir el rucio cargado con
las armas.





Capítulo LXVI. Que trata de lo que verá el que lo leyere, o lo oirá el que
lo escuchare leer


Al salir de Barcelona, volvió don Quijote a mirar el sitio donde había
caído, y dijo:

-¡Aquí fue Troya! ¡Aquí mi desdicha, y no mi cobardía, se llevó mis
alcanzadas glorias; aquí usó la fortuna conmigo de sus vueltas y revueltas;
aquí se escurecieron mis hazañas; aquí, finalmente, cayó mi ventura para
jamás levantarse!

Oyendo lo cual Sancho, dijo:

-Tan de valientes corazones es, señor mío, tener sufrimiento en las
desgracias como alegría en las prosperidades; y esto lo juzgo por mí mismo,
que si cuando era gobernador estaba alegre, agora que soy escudero de a
pie, no estoy triste; porque he oído decir que esta que llaman por ahí
Fortuna es una mujer borracha y antojadiza, y, sobre todo, ciega, y así, no
vee lo que hace, ni sabe a quién derriba, ni a quién ensalza.

-Muy filósofo estás, Sancho -respondió don Quijote-, muy a lo discreto
hablas: no sé quién te lo enseña. Lo que te sé decir es que no hay fortuna
en el mundo, ni las cosas que en él suceden, buenas o malas que sean,
vienen acaso, sino por particular providencia de los cielos, y de aquí
viene lo que suele decirse: que cada uno es artífice de su ventura. Yo lo
he sido de la mía, pero no con la prudencia necesaria, y así, me han salido
al gallarín mis presunciones; pues debiera pensar que al poderoso grandor
del caballo del de la Blanca Luna no podía resistir la flaqueza de
Rocinante. Atrevíme en fin, hice lo que puede, derribáronme, y, aunque
perdí la honra, no perdí, ni puedo perder, la virtud de cumplir mi palabra.
Cuando era caballero andante, atrevido y valiente, con mis obras y con mis
manos acreditaba mis hechos; y agora, cuando soy escudero pedestre,
acreditaré mis palabras cumpliendo la que di de mi promesa. Camina, pues,
amigo Sancho, y vamos a tener en nuestra tierra el año del noviciado, con
cuyo encerramiento cobraremos virtud nueva para volver al nunca de mí
olvidado ejercicio de las armas.

-Señor -respondió Sancho-, no es cosa tan gustosa el caminar a pie, que me

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