Don Quijote de la Mancha (Miguel de Cervantes Saavedra) Libros Clásicos

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mueva e incite a hacer grandes jornadas. Dejemos estas armas colgadas de
algún árbol, en lugar de un ahorcado, y, ocupando yo las espaldas del
rucio, levantados los pies del suelo, haremos las jornadas como vuestra
merced las pidiere y midiere; que pensar que tengo de caminar a pie y
hacerlas grandes es pensar en lo escusado.

-Bien has dicho, Sancho -respondió don Quijote-: cuélguense mis armas por
trofeo, y al pie dellas, o alrededor dellas, grabaremos en los árboles lo
que en el trofeo de las armas de Roldán estaba escrito:

Nadie las mueva

que estar no pueda con Roldán a prueba.

-Todo eso me parece de perlas -respondió Sancho-; y, si no fuera por la
falta que para el camino nos había de hacer Rocinante, también fuera bien
dejarle colgado.

-¡Pues ni él ni las armas -replicó don Quijote- quiero que se ahorquen,
porque no se diga que a buen servicio, mal galardón!

-Muy bien dice vuestra merced -respondió Sancho-, porque, según opinión de
discretos, la culpa del asno no se ha de echar a la albarda; y, pues deste
suceso vuestra merced tiene la culpa, castíguese a sí mesmo, y no revienten
sus iras por las ya rotas y sangrientas armas, ni por las mansedumbres de
Rocinante, ni por la blandura de mis pies, queriendo que caminen más de lo
justo.

En estas razones y pláticas se les pasó todo aquel día, y aun otros cuatro,
sin sucederles cosa que estorbase su camino; y al quinto día, a la entrada
de un lugar, hallaron a la puerta de un mesón mucha gente, que, por ser
fiesta, se estaba allí solazando. Cuando llegaba a ellos don Quijote, un
labrador alzó la voz diciendo:

-Alguno destos dos señores que aquí vienen, que no conocen las partes, dirá
lo que se ha de hacer en nuestra apuesta.

-Sí diré, por cierto -respondió don Quijote-, con toda rectitud, si es que
alcanzo a entenderla.

-«Es, pues, el caso -dijo el labrador-, señor bueno, que un vecino deste
lugar, tan gordo que pesa once arrobas, desafió a correr a otro su vecino,
que no pesa más que cinco. Fue la condición que habían de correr una
carrera de cien pasos con pesos iguales; y, habiéndole preguntado al
desafiador cómo se había de igualar el peso, dijo que el desafiado, que
pesa cinco arrobas, se pusiese seis de hierro a cuestas, y así se
igualarían las once arrobas del flaco con las once del gordo.»

-Eso no -dijo a esta sazón Sancho, antes que don Quijote respondiese-. Y a
mí, que ha pocos días que salí de ser gobernador y juez, como todo el mundo

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