Memorias del subsuelo (Fedor Dostoiewski) Libros Clásicos

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Obsérvense a sí mismos con atención, y comprobarán que las cosas ocurren precisamente así. Yo me imaginaba aventuras y me creaba una existencia fantástica para vivir fuera como fuese. ¡Cuántas veces, por ejemplo, me he enojado sin motivo, sólo por enojarme! Yo era el primero en saber que me irritaba en frío, pero que me iba enardeciendo, y llegaba a encolerizarme sinceramente.
Siempre me han gustado estas cosas. Tanto, que acabé por perder el dominio de mí mismo. Una vez, incluso dos, traté a toda costa de enamorarme. Y hasta llegué a sufrir, palabra. Uno, en el fondo, no cree en su sufrimiento, casi se ríe, pero, a pesar de todo, sufre, y muy de veras. Está celoso, está fuera de sí... Y la causa de todo esto, señores, es el aburrimiento: la inercia nos aplasta. El fruto legal, el fruto natural de la conciencia es, en efecto, la inercia: nos cruzamos de brazos conscientemente. Ya he hablado de esto. Ahora lo repito, lo repito una vez más: todos los hombres activos, son activos porque son obtusos y mediocres.
¿Cómo se explica esto? He aquí la explicación: debido a su estrechez de espíritu, toman las causas secundarias, inmediatas, por las principales; y mucho más fácilmente, mucho más rápidamente que los no obtusos, se imaginan haber encontrado las razones sólidas, fundamentales, de su actividad. Y así se tranquilizan, que es lo principal. Pues para poder obrar hay que conseguir de antemano una perfecta tranquilidad y no tener el menor resto de duda.
Pero ¿cómo puedo conseguir yo esta tranquilidad de espíritu? ¿Dónde puedo hallar los principios fundamentales sobre los que levantar mi edificio? ¿Dónde está mi base, adónde puedo ir a buscarla?
Me entrego al pensamiento. Dicho de otro modo, en mí, toda idea provoca inmediatamente otra, y así continúa sucediendo hasta el infinito. Tal es la esencia de todo pensamiento, de toda conciencia. Nos volvemos, pues, a encontrar ante las leyes de la naturaleza. ¿Con qué resultado? ¡Éste es siempre el mismo, recuérdenlo! Les he hablado hace poco de la venganza (y estoy seguro de que ustedes no han llegado al fondo de la cuestión). Dicen que el hombre se venga porque considera que esto es justo. Éste ha encontrado, pues, el principio fundamental que buscaba: la justicia. Está, por lo tanto, completamente tranquilo y se venga con gran serenidad y pleno éxito, persuadido como está de que realiza una acción justa y honrada.

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