Memorias del subsuelo (Fedor Dostoiewski) Libros Clásicos

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¡Como un niño! ¡Como un niño puro e ingenuo!
Pero ¿acaso el hombre, en el curso de sus miles de años de vida en la Tierra, ha obrado siempre al dictado de su interés? ¿Qué haremos entonces de esos millones de hechos que atestiguan que los hombres, aún advirtiendo cuál es su interés, lo relegan a un segundo plano y siguen un camino completamente distinto, lleno de riesgos y azares? No están obligados a ello, pero parecen querer evitar la ruta que se les indica y trazarse libremente, caprichosamente, otra llena de dificultades, absurda, oscura, apenas visible. Ello prueba que esa libertad les seduce más que sus propios intereses... ¡Intereses! ¿Qué es el interés? ¿Se comprometen ustedes a definirme con toda exactitud en qué consiste el interés del hombre? ¿Qué dirán ustedes si un buen día se comprueba que el interés humano en ciertos casos puede, o incluso debe, consistir en desear no una ventaja, sino un perjuicio? Si es así, si puede presentarse el caso, todo se derrumba. ¿Qué creen ustedes? ¿Se puede presentar un caso semejante?
¿Se ríen ustedes? ¡Ríanse, señores, pero respondan! ¿Están exactamente clasificados los intereses humanos? ¿No hay algunos que no figuran ni pueden figurar en las clasificaciones formadas por ustedes? Porque, que yo sepa, señores, ustedes han catalogado los intereses humanos de acuerdo con las cifras medias de las estadísticas y de las fórmulas económico-científicas. Los intereses humanos son, pues, según ustedes, la riqueza, la tranquilidad, la libertad, etcétera. Tanto, que el hombre que rechace a sabiendas y ostensiblemente ese catálogo debe ser considerado, en opinión de ustedes (y en la mía también, por lo demás), como un oscurantista, como un loco. ¿No es así? Pero he aquí algo muy extraño; ¿cómo es posible que esos estadísticos, esos sabios, esos filántropos, dejen siempre a un lado cierto elemento en sus cálculos de los intereses humanos? Ni siquiera lo tienen en cuenta en sus fórmulas, por lo que falsean resultados. Sin embargo, no sería difícil introducir el elemento en cuestión. ¿Por qué no lo hacen? ¿Por qué no lo introducen para completar la lista? La dificultad procede de que dicho elemento es tan particular, que no puede encontrar sitio en ninguna clasificación ni inscribirse en ninguna lista.
He aquí un ejemplo. Tengo un amigo... Pero ¡ahora que caigo!, ustedes lo conocen también: es amigo de todo el mundo.
Cuando ese señor se dispone a obrar, empieza por explicarles a ustedes con toda claridad, con bellas y ampulosas frases, cómo ha de conducirse para obedecer a la razón, a la verdad.

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