Memorias del subsuelo (Fedor Dostoiewski) Libros Clásicos

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Pero sé que entonces estaba plenamente satisfecho. Además, estos sueños casi me bastan ahora. Tras mis excesos de libertinaje eran especialmente agradables y apacibles. Entonces acudían a mí en medio de los remordimientos, de las lágrimas, de las maldiciones impetuosas. ¡Tuve instantes de tal plenitud, de una dicha tan perfecta, que era imposible burlarse de ellos! No había en mí más que fe, esperanza y amor. Y es que en aquellos tiempos yo estaba ciegamente persuadido de que gracias a algún milagro, a alguna circunstancia externa, todas mis dificultades desaparecerían, caerían las murallas y dejarían al descubierto, al fin, un vasto campo de acción, de acción útil y bella y, sobre todo, dispuesta a que se cumpliese (yo no sabía en qué podía consistir tal acción, pero lo principal para mí era que estuviese enteramente dispuesta para su cumplimiento). Entonces, yo aparecía de pronto a la luz del día y me creía a lomos de un caballo blanco, con una corona de laurel en la frente. Ni me pasaba por la imaginación la posibilidad de desempeñar un papel secundario, y probablemente por eso admitía en la realidad resignadamente el último papel. O héroe o insignificante ser envuelto en lodo: no había término medio para mí. Esto era lo que me perdía; pues, desde el cieno, me consolaba soñando que en otros instantes yo era un héroe, y este héroe alumbraba el barro con su prestigio. El hombre corriente ha de evitar caer en el lodo; pero el héroe está situado a tal altura, que jamás podrá ensuciarse completamente. Por lo tanto, yo puedo revolcarme en el cieno.
Lo más notable es que estos impulsos «hacia lo bello y lo sublime» brotaban a veces en mí durante mis arrebatos de libertinaje, precisamente cuando me hallaba en el fondo del foso. Surgían como recuerdos y proyectaban un pálido resplandor. Pero no lograban disipar mis deseos; por el contrario, parecían excitarlos, gracias al efecto del contraste, que era precisamente lo que se necesitaba para hacer una buena salsa. Esta salsa se componía de contradicciones, sufrimientos y amargos análisis. Y todos estos tormentos, mayores o menores, daban cierto sabor picante a mi disposición e incluso le conferían cierto sentido. En una palabra, desempeñaban perfectamente el papel de una buena salsa. Todo esto no carecía de cierta profundidad. Pero ¿habría podido yo admitir una disipación ordinaria, el libertinaje llano y simple de un empleadillo cualquiera, y soportar pacientemente este horror? No, yo tenía siempre en reserva cierto modo nobilísimo de considerar las cosas.

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