Memorias del subsuelo (Fedor Dostoiewski) Libros Clásicos

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No se trata de una reunión oficial. A lo mejor, su presencia...
Se marcharon. Al salir, Ferfitchkin ni siquiera me saludó. Trudoliubov inclinó casi imperceptiblemente la cabeza, Sin mirarme.
Simonov, con el que me quedé solo, parecía perplejo y molesto. Me miraba de un modo extraño. Ni se sentaba ni me invitaba a sentarme.
-Bueno, ya sabe: mañana. ¿Entregará hoy el dinero? Se lo pregunto para poder planearlo todo con seguridad -explicó rápidamente, muy confuso.
Enrojecí de cólera, pero, mientras enrojecía, me acordé de que le debía quince rublos desde hacía siglos, cosa que yo nunca había olvidado.
-Comprenda usted, Simonov, que al venir aquí no podía prever... Lamento de veras haberme olvidado de...
-¡Bah! No tiene importancia. Ya pagará usted mañana. Sólo lo he dicho para saber con certeza... En fin, no se preocupe...
Se calló de pronto y empezó a ir y venir por la habitación, cada vez más irritado, golpeando violentamente el suelo con los talones.
-¿Tiene usted algo que hacer? ¿Lo molesto? -pregunté tras unos minutos de silencio.
-¡Oh, no! -exclamó, como si volviera en sí de pronto-. Aunque, para serle franco, me tengo que acercar a... No está lejos de aquí -añadió, confuso y en un tono de excusa.
-¡Dios mío! ¿Por qué no me lo ha dicho antes? -exclamé cogiendo mi gorra con una desenvoltura que me había venido de Dios sabe dónde.
-No está lejos de aquí..., a dos pasos -repetía Simonov acompañándome hasta la puerta con una solicitud que no le cuadraba en absoluto-. -Así, pues, hasta mañana, a las cinco en punto -me gritó desde lo alto de la escalera.
No podía ocultar que se alegraba de que me fuera. En cambio, yo estaba furioso...
¿Por qué diablos me habría metido en aquel enredo? Rechinaba los dientes mientras iba a grandes zancadas por la calle. ¿Y todo por quién? ¡Por aquel cerdo de Zverkov! «Desde luego, no iré. ¡Sólo merecen que les escupa! Nada me obliga a ir. Avisaré a Simonov por carta.»
Pero lo que más me irritaba era mi seguridad de que iría, de que iría a toda costa, y que tanto más empeño pondría en ir cuanto menos me conviniera y más pudiese hacer el ridículo.
Había un importante obstáculo para que fuese: no tenía dinero. Todo mi capital eran nueve rublos, de los cuales debía entregar siete al día siguiente a mi criado, Apolonio, al que daba siete rublos al mes, naturalmente comiendo él por su cuenta.

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