Memorias del subsuelo (Fedor Dostoiewski) Libros Clásicos

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-Sí, pertenezco a la cancillería -respondí con voz ronca.
-Y... ¿ve usted alguna ventaja en ese empleo? Dígame: ¿por qué dejó sus anteriores ocupaciones?
-Porque estaba harto, sencillamente. Arrastraba las palabras mucho más que él. Apenas podía dominarme. Ferfitchkin se dedicó de lleno a su plato. Simonov me lanzó una mirada irónica. Trudoliubov dejó de comer y me miró fijamente, con curiosidad.
Zverkov tuvo un ligero sobresalto, pero fingió no darse cuenta de nada.
-¿Y los honorarios, qué? -¿Qué honorarios? -Su sueldo.
-Esto parece un examen.
Sin embargo, le dije lo que ganaba. Me sentía sonrojado hasta las orejas.
-No es una fortuna -comentó gravemente Zverkov.
-Desde luego, no podrá comer en restaurantes -remachó insolentemente Ferfitchkin.
-A mi juicio, ese sueldo es, sencillamente, una miseria -dijo, muy serio Trudoliubov.
-¡Y cómo ha enflaquecido usted, cómo ha cambiado desde entonces! -exclamó Zverkov, esta vez sin malicia, con una especie de compasión insolente y examinándonos a mí y a mi traje.
-¡Basta ya! Lo han confundido -dijo, burlón, Ferfitchkin.
-Sepa usted, señor, que no estoy confuso ni mucho menos -estallé al fin-. ¿Me oye? Como en el restaurante pagando de mi bolsillo, de mi propio bolsillo, téngalo en cuenta, señor Ferfitchkin, y no con dinero ajeno.
-¿Cómo? ¿Qué quiere usted decir? ¿Quién no come aquí pagando de su bolsillo?
Furioso, rojo como una langosta, Ferfitchkin me miró fijamente a los ojos.
-Lo he dicho por decir algo. -Comprendía que había ido demasiado lejos-. Por lo demás, creo que sería mejor hablar de cosas propias de personas inteligentes.
-¿Quiere usted deslumbramos con su inteligencia? -No se inquiete. En esta ocasión, tal intento sería completamente inútil.
-Pero ¿qué le pasa a usted? ¿A qué viene ese modo de gruñir? ¿Acaso lo ha vuelto loco su cancillería?
-¡Basta, señores, basta! -exclamó Zverkov con voz autoritaria.
-¡Cuánta tontería! -rezongó Simonov
-En efecto, todo esto es estúpido -dijo Trudoliubov dirigiéndose sólo a mí y en el tono más grosero. Esto es una reunión de amigos para despedir a un buen camarada y empieza usted a disputar. Fue usted quien solicitó formar parte del grupo. No rompa, pues, la buena armonía.
-¡Basta, basta! -gritó Zverkov- ¡Cálmense señores! Esto no está ni medio bien. En vez de discutir, escuchen: voy a contarles cómo estuve a punto de casarme anteayer.

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