Canción de Navidad (Charles Dickens) Libros Clásicos

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Contribuyo a sufragar
los establecimientos mencionados. Cuestan bastante, y los que se encuentran en
mala situación allí deben de ir.
-Muchos no pueden y otros preferirían morir antes.
-Si prefieren morir, es mejor que lo hagan y así aliviarán el exceso de
población. ¡Buenas tardes, caballeros! Viendo que era inútil persistir, los
caballeros se retiraron.
Por fin llegó la hora de cerrar el despacho. Scrooge se marchó y tomó su
melancólica cena de costumbre y después de haber pasado agradablemente la velada
con su libro de balances, se fue a dormir. Vivía en unas habitaciones que en
otros tiempos pertenecieron a su difunto socio. Era un conjunto tenebroso y de
aspecto amenazador, al fondo de un edificio de oficinas.
Scrooge tenía tanta fantasía como cualquier otra persona del barrio comercial de
Londres, y hay que tener presente que no había concedido a Marley otro
pensamiento desde que lo mencionó por la tarde. Así quisiera que alguien me
explicase cómo Scrooge, que ya tenía la llave en la cerradura, sin que nada
hubiese cambiado, contempló la cara de Marley en lugar del aldabón. Su cara, ni
furiosa ni enfadada, sólo miraba a Scrooge como Marley solía hacerlo, con una
expresión de horror que parecía existir a pesar de la cara y más allá de su
voluntad.
Cuando Scrooge volvió a mirar fijamente sólo se encontró con el aldabón.
Sería mentir decir que no se sorprendió o que su sangre no experimentó una
terrible sensación, olvidada desde la infancia. Sin embargo abrió y entró.
Encendió una vela y miró con cautela. Pero en el interior de la puerta no había
nada.
- ¡Bah! ¡Bah! -dijo y cerró la puerta de un golpe.
Sala de estar, dormitorio, cuarto de trastos, todo estaba como tenía que estar.
Nadie debajo de la cama, nadie debajo del sofá. Satisfecho por completo, se
sentó a fin de tomar una sopa de avena.
Después, dio varias vueltas por la habitación y se volvió a sentar. Al reclinar
la cabeza hacia atrás, su mirada descansó por casualidad en una campana que no
se usaba, y fue entonces cuando, con terror extraño e inexplicable, contempló
cómo la campana empezaba a oscilar.
No duró más de medio minuto, pero pareció una hora. Siguió un ruido metálico en
las profundidades, como si alguien arrastrase una cadena. El ruido fue subiendo
las escaleras yendo directamente hacia la puerta.
- ¡Paparruchas! -dijo Scrooge-. No creo en nada de esto.

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