Canción de Navidad (Charles Dickens) Libros Clásicos

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Pero cambió de color cuando el ruido atravesó la puerta y se introdujo en la
habitación.
Era Marley. En la cintura llevaba una cadena que se enroscaba como un rabo.
Scrooge observó detenidamente que estaba hecha de libros de caja, llaves,
candados, escrituras y pesadas bolsas. El cuerpo era transparente y aunque
Scrooge examinaba al fantasma de pié ante él, continuaba incrédulo y luchaba
contra sus sentidos.
-¿Qué pasa? ¿Qué quieres de mí? -preguntó Scrooge, cáustico y frío.
-Mucho.
Era la voz de Marley realmente.
-¿Quién eres?
-En vida fui tu socio Jacobo Marley.
-¿Puedes, puedes sentarte? -preguntó Scrooge con aire dudoso.
El espectro se sentó al otro lado de la chimenea.
-No crees en mí -observó el espectro.
-No -contestó Scrooge.
-¿Por qué dudas de tus sentidos?
-Porque cualquier cosa pequeña los afecta. Un ligero desarreglo del estómago los
engaña. Puede que seas un trozo de carne sin digerir o un poco de mostaza.
Scrooge trataba de ser agudo, como medio de distraer su propia atención y
dominar así su terror, porque la voz del espectro le llegaba hasta la médula.
¡Paparruchas! ¡Te digo que son paparruchas!
Al oír esto, el espectro lanzó un grito horrible y agitó la cadena con un ruido
tan siniestro y aterrador que Scrooge se desplomó de rodillas y juntó las manos
ante el rostro.
¡Piedad! -dijo-. Terrible aparición, ¿ por qué me atormentas?
-Hombre de mente terrena, ¿crees en mí, sí o no?
-Sí, tengo que hacerlo. Pero ¿por qué los espíritus vienen a mí?
Es preciso que el espíritu que existe dentro de cada uno, ande entre los demás
hombres. Si no lo hizo en vida, se le condena a que lo haga después de la
muerte. Se le sentencia ¡ay de mí! a que contemple lo que ya no puede compartir
y que sin embargo, pudo tener cuando estaba vivo, y haberlo transformado en
felicidad.
-Estás encadenado. Dime por qué -dijo Scrooge temblando. -Llevo la cadena que
fui forjando a lo largo de mi vida. ¿Te gustaría saber el peso y longitud de la
que tú mismo llevas? Hace siete vísperas de Navidad era tan pesada y larga como
ésta. Y desde entonces has continuado trabajando en ella. Es muy pesada.
¡Jacobo! -imploró Scrooge-. Dime algo más, algo que me sirva de consuelo.
-No tengo ningún consuelo que darte. Ni puedo descansar, ni quedarme y ante mí
yacen muchas y muy fatigosas jornadas.

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