Canción de Navidad (Charles Dickens) Libros Clásicos

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sobrenatural. Era una figura extraña, como si fuera un niño; y, sin embargo, con
más apariencia de viejo que de niño.
-¿Sois el espíritu cuya llegada me predijeron? -preguntó Scrooge.
-Sí.
La voz era suave y amable.
-¿Quién sois y qué sois?
-Soy el espíritu de las Navidades pasadas. Las Navidades que tú pasaste.
Scrooge se atrevió a preguntarle la causa de su visita.
Tu bien -dijo el espectro, -Levántate y ven conmigo. Inútil habría sido la
súplica de Scrooge subrayando que ni el tiempo ni la hora eran los más
apropiados para semejantes propósitos. Se levantó; pero al ver que el espíritu
se dirigía hacia la ventana, lo retuvo suplicante.
-Soy mortal y puedo caer.
-Sólo un toque de mi mano aquí -dijo el espíritu colocándola sobre el corazón de
Scrooge- y no caerás.
Según pronunciaba estas palabras, pasaron a través de la pared y se encontraron
a campo abierto. Se había desvanecido la ciudad. Era un día de invierno, claro y
frío, y el suelo estaba cubierto de nieve.
-¡Dios mío! -exclamó Scrooge mirando a su alrededor-. Aquí me crié.
Percibía, flotando en el aire, miles de olores, cada uno ligado a un millar de
recuerdos, esperanzas, alegrías y preocupaciones, largo tiempo olvidadas.
-Te tiemblan los labios -dijo el espectro, ¿Y qué es eso que hay en tus
mejillas? -Scrooge musitó con voz trémula que era un grano.
Fueron por la carretera. Algunos caballitos iban trotando hacia ellos, los
jinetes eran muchachos que llamaban a otros montados en calesas y carretas.
Todos iban muy contentos y se deseaban felices Navidades.
-No son sino sombras de lo que ha sido -dijo el espectro-. No se dan cuenta de
nosotros. Pero en la escuela queda todavía un niño solitario.
Scrooge dijo que ya lo sabía. Y suspiró.
En un pupitre de pino, un muchacho solitario leía junto a un débil fuego.
Scrooge lloró al verse a sí mismo, pobre y olvidado, como había sido. Y con
suavizadora evocación dio rienda suelta a sus lágrimas.
De repente un hombre de vestidos extraños, maravillosamente real apareció fuera
de la ventana.
- ¡Vaya! ¡Es Alí-Babá! -exclamó Scrooge extasiado-. Sí, sí, lo sé, unas
Navidades, cuando aquel niño solitario quedó aquí, vino por primera vez. ¡Y
Robinson Crusoe! ¡Y Viernes! ¿No lo veis?
Habría sido en verdad una sorpresa para sus relaciones comerciales de la ciudad
el oír a Scrooge vaciando toda la actividad de su naturaleza en semejantes

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